Venturas y desventuras
de Úrsula Corgan.

Las cosas son como son.
Excepto las que son como ella quiere que sean;
o como a ella le gustaría que fuesen.
La cuestión está en saber diferenciarlas.

Morriña

Tiempo de lectura: 2 minutos

Hoy pienso en todo, en nada, en el sexo de los caracoles, en el destino de las bofetadas no dadas ni recibidas, en lo justo que es a veces ser injusto o en lo injusto que es ser justo y, sobre todo, en lo torcido que me sale escribir derecho. De pronto, una ráfaga de aire frío ha despeinado las palmeras que se contonean orgullosas frente a mi ventana. Y entonces, igual de repentinamente, he añorado tanto las calles de mi infancia, el vermú, los capitanes, las risas y los lloros de todos los días vividos en tu cuna que se me ha hecho un nudo de mortero en el esófago que me va a costar tragar. ¿Qué traerán esos vientos?

Desde aquí, Córdoba se ve tórrida y polvorienta -y, efectivamente, es así cuando estoy allí-, pero eso no quita que añore pasear por sus calles, incluso aquellas que me revuelven el estómago con recuerdos y fantasmas. Salvo en primavera; el olor a incienso y azahar, la alegría del color único de sus piedras reflejando la luz, el sonido del agua en sus fuentes, la algarabía alegre de los turistas, el frescor de sus esquinas. Detalles que se llevan dentro estés donde estés. Recién llegado de donde vengas, el viento dulzón de mayo te asesta una buena bofetada. No está cargado sólo del pesado aroma de las flores de las plataneras, las jacarandas y los árboles del amor del Paseo de la Victoria, o de las macetas de los patios cercanos. Me huele y me suena a adolescencia, a paseos con los amigos, a feria, a vinos, a luz y a vida. A largos días y aún más largas noches. A mi vida.

A veces, la veo en blanco y negro. Ojalá toda la decadencia de mi ciudad se limitase a la de una fotografía de los impertérritos muros de la Mezquita. La decadencia que la RAE define como “que en materia estética gusta de los refinamientos de lo pasado”; y no como “la que decae”, que es la que veo cuando paseo por sus calles del centro, tristes, plagadas de locales cerrados profanados con pintadas y carteles sucios, otorgándole un aire de ciudad fantasma que asusta en las callejuelas; incluso en las principales. Pena, rabia, indignación. E impotencia. Soy una de esas que ha tenido que irse y que la echa de menos, más aún cuando la pisa y la huele. Ojalá alguien supiese ponerla en el camino correcto. Y ojalá que fuese pronto.

Hasta lo más insospechado se echa de menos. Porque esas calles polvorientas o bien floridas, fantasmales o ruidosas, tristes o alegres, me dan la patada necesaria para continuar y no desfallecer. Porque en la siguiente calle, en la siguiente esquina, hay un recuerdo distinto. Porque siempre hay un amigo con quien hablar. Un vermú que celebrar. Una queja que soltar. Porque los domingos huelen a familia y casco antiguo. Porque la vida duele y pasa, y mientras pasa, duele. Echo de menos tu luz y tu olor. Aún tórrida y polvorienta.

Ya sé lo que traen esos vientos.

FOTO: AFBARTWORKS
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