Venturas y desventuras
de Úrsula Corgan.

Las cosas son como son.
Excepto las que son como ella quiere que sean;
o como a ella le gustaría que fuesen.
La cuestión está en saber diferenciarlas.

Qué tardeo ni tardeo

Tiempo de lectura: 10 minutos

Estoy loca por ir de madrugada a un bar de esos muy oscuros, oliendo a humanidad o a algodón dulce pulverizado, lo mismo da, música en directo sonando atronadora en los oídos, tanto que el corazón te late a su ritmo, que está tan lleno que es imposible que no te empujen o te toquen -y toques- el culo sin querer queriendo (lo mismo da). Anhelo una noche de esas. De esas en las que llegas a casa apestando a tigre, con la música aún palpitando con un zumbido sordo en los oídos, el estómago hecho trizas y los pies reventados de patear solerías pegajosas o asfalto nocturno con tacones de infarto, lo mismo da. Llegar sola o acompañada; lo mismo da. Desayunar ibuprofeno. En realidad esto último lo hago bastante, pero no da lo mismo.

Que le den al tardeo. No me va el tardeo. No quiero tardeo.

De tanto pensar en ello, he estado repasando noches memorables de mi vida. Afortunadamente son muchas, pero voy a contar sólo dos o tres. Y de las confesables, claro.

Empezaré por la más reciente. No es porque la tenga más fresca (mi memoria es una moviola constante), es que tenía que darle a esto un orden. Érase que se era una noche de feria de 2018. Para quien no lo sepa, la Feria de Mayo cordobesa es larga. Larga larga. Diez días de albero y olé, aunque para los cordobeses se reducen a siete, porque el último fin de semana no cuenta. El que puede aprovecha el viernes festivo y se pira a disfrutar del mar, pues cae entre los últimos días de mayo y los primeros de junio y el solano pega con fuerza. Los que no, tiran de parcela o de piscinas o del amigo del amigo; de la capital pocos feriantes verás el segundo fin de semana pisando albero. Yo ya había ido el primero y no tenía pensado volver el segundo, que aunque no viva allí sigo respetando las buenas costumbres de mi tierra. Pero, cosas de la vida, me llamó una amiga de Badajoz. Que nos vamos para allá, vente. Pues voy. Suelo ir arregladita a la feria, pero ya no tanto como cuando era joven. Y, desde luego, no como en Sevilla suele ir el personal. Iba a hacer de cicerone para dos: mi susodicha amiga de Badajoz, residente en Sevilla, y una amiga suya, sevillana. Les llevo más de diez años, pero ni por esas tenía ganas de emperifollarme en demasía (a los cuarenta ya te la van soplando muchas cosas), y menos para el segundo fin de semana, así que, por ir a tono, me puse un top de manga larga y escote barco, de lycra brillante color topo, con todita la espalda descubierta por un escote bajísimo en cascada hasta la rabadilla. Pantalón vaquero negro con brillitos en los filos y zapatos de charol negro de tacón alto (grueso, la aguja y el albero se llevan regular) completaban mi indumentaria festiva. Cuando las vi llegar al punto de encuentro di por buenas todas mis sospechas. Iban…pues como tenían que ir dada su belleza, sus costumbres y su juventud: hechas un pincelaco que hacía ruido por la calle. Yo me quedada en murmullito. Decidimos ir dando un paseo hasta el Real, atrochando por las callejuelas semidesiertas de la Judería, olorosas a dama de noche de patio. Les apetecía una tapa, así que paramos en una taberna para tomar una copa de vino y el impepinable salmorejo (a la par que estupendo, no digo que no). Con la caminata ya me había dado cuenta del error que había sido ponerme sujetador con mi modelito. Al tener el escote de la espalda tan bajo, le había pedido a mi madre que me bajase los tirantes hasta el tope y sujetase el broche a la parte baja. Nunca me había puesto sujetador con ese top pero las cosas ya no son lo que eran en mi cuerpo, la gravedad ha empezado a hacer de las suyas y, una que es presumida por parte materna, pensó que mejor ayudar un poco a la madre naturaleza. Craso error. Aquello no se estaba en su sitio con el bamboleo ni por asomo y ya llevaba media hora pegando discretos tirones del escote trasero, incomodísima. A la segunda copa de vino, sentada en aquel patio precioso, amenizado con la música en directo de un guitarrista con arte en las uñas, decidí que ya estaba bien de tanta gilipollez: entré al baño y me quité el estorbo. Pero no había caído en que llevaba un minúsculo bolso de cuentas de cristal por aquello del glamour, en el que había metido las dos llaves justas, el carnet, la tarjeta sanitaria (eso es ya de carca total), un minimonedero con dinero en efectivo y la barra de labios. Nada de tarjetas, que la feria la carga el diablo. En resumen: el sujetador no cabe en el bolso. «Puedo meterlo en el bolsillo trasero del pantalón. Parezco una Kardasian de trasero cojo. Uhm, no. Me lo meto a medias entre el pantalón y la barriga, aprovechando que el top es ablusado por abajo. Parezco preñada. Uhm. No lo puedo dejar abandonado, que odio comprar sujetadores.» Saqué del bolso todo menos el monedero y lo distribuí por los bolsillos del vaquero. Doblé el sujetador todo lo que pude y lo metí a presión en el bolso. Volví a la mesa justo cuando estaban pidiendo la cuenta. Mi amiga se empeñó en invitar a esa ronda, así que no tuve que abrir el bolso, que ahora parecía un pez globo. Menos mal. Me descojoné sola; normal que me preguntasen que qué me pasa, que si me he metido algo en el baño con todo lo que he tardado y esa risa floja. Se lo conté con tal suerte de risotadas que la historia fue de dominio público en el patio, para regocijo del personal. Vámonos para la feria, anda.

Todo se desarrolló mucho más que favorablemente. En la primera caseta que escogí había música en directo, pero no flamenca (olé por mí, me canso enseguida del quejío). Ellas parecieron sorprendidas tanto por la música como por la entrada libre en las casetas, pero se mimetizaron rápidamente con el ambiente. Invité a un par de rondas de vodka, ellas invitaron a otro par. No pasa nada, sudamos de lo lindo dándolo todo. Pronto nos hicieron corrillo y acabamos bailando lo que fuese con unos chicos de Bilbao que parecían disfrutar de la noche de su vida. Uno hasta me regaló un clavel rojo, hincado de rodillas. Agradezco el esfuerzo y soy muy simpática en general, pero también soy cordosiesa de nacimiento y de aquí no pasamos. Después de seis o siete horas de caseteos varios, por cierto sin encontrarme ni a un alma siquiera conocida, decidí irme a casa. Ellas alargaron el tirón, que la mañana (ya) es joven. Hice cola para coger un taxi, abrí las puertas del portal y de mi casa, me desvestí, hice un esfuerzo y me lavé los pies para acostarme y, en mi línea, a las dos horas estaba despierta porque no puedo dormir por la mañana (si quieres saber por qué, lee el plog llamado «El banquito rojo»). Recogí la ropa del baño, saqué las cosas de los bolsillos del pantalón, abrí el bolso para devolver el carnet y la tarjeta a su monedero original….y fue entonces cuando caí en la cuenta de que el sujetador no estaba. Miré por el pasillo de la casa, en la entrada, salí al pasillo de los ascensores…No. Ni la más remota de idea de cuándo ni cómo ni dónde dejó de estar dentro del bolso, ni siquiera de cuándo olvidé que debería habitarlo. Estuve descojonándome viva yo sola, sentada en la tapa del inodoro, pensando no dónde se me pudo caer al abrir el bolso si no en la cara de quien lo encontrase por ahí tirado. Supongo que pensaría en la buena juerga que se había metido su dueña. Tanto como para perder el sujetador en la feria. Y sí. Pero no.

Las dos siguientes anécdotas me transportan a una de las mejores épocas de mi vida, allá por los primeros años del nuevo siglo. Empezaré por la que, aún a día de hoy, casi exactamente 20 años después, sigue pareciéndome increíble. Corría el año 2001 y una emisora de radio -que no nombraré porque no me pagan por hacer publicidad-, sorteaba un viaje (a nivel nacional y sólo uno, sin acompañante) a EEUU para ver a U2 en concierto. Medio fanática del grupo que soy participé por participar, pensando que esas cosas nunca tocan; como todos. Pues tocan, vaya que si tocan. La noche que me llamaron para darme la noticia languidecía, comida por la fiebre de una gripe, en el sofá de casa de mis padres. Tal era mi cuajo que no tenía ni idea de qué me estaban hablando. Cuando cogí onda, se me quitó la fiebre, la languidez y la tontería. El caso es que me tiré una semana de viaje con todos los gastos pagados. Tres conciertos en zona VIP, nueve aviones, dos Aves, tres hoteles, decenas de taxis, miles de anécdotas, unos cuantos Bloody Mary, muchas más hamburguesas y dos compañeras de viaje: una locutora del programa y una representante de la discográfica. Y yo. Tres locas del moño al volante, qué podía salir mal. El plan era hacer crónicas diarias sobre los conciertos en el programa de radio. Y las hicimos. Pero gran parte de las anécdotas quedaron fuera de los micros. Algún día las contaré todas, pero la que nos ocupa aconteció la magnífica noche primaveral del 3 de mayo de 2001 en el feísimo, gris y muy insulso Cleveland (Ohio). El taxista que nos llevó al Gund Arena era la viva reencarnación de Bob Marley: jamaicano, camisa floreada, cantando reggae al ritmo del vaivén de sus rastas perfumadas de marihuana. Nos aconsejó ir a la zona del puerto después del concierto, si nos apetecía salir. Era el segundo concierto de la semana, llevábamos tres días a salto de mata con muchas horas de avión en el cuerpo y ya acusábamos el cansancio. Sin embargo, el concierto nos recargó la batería y la adrenalina nos palpitaba en el pecho. Y allá que fuimos, al puerto, ya que el clon del Sr. Marley nos había vendido tan bien las delicias de la noche en Cleveland. Nos metimos en el garito que nos pareció menos sospechoso, en el que sonaba música mas o menos conocida a nuestros oídos. Por dentro bien podría ser el bar Coyote. Nos animamos a pedir unas copas al más puro estilo americano: sin hielo, un dedito de alcohol y un churritazo de refresco en pistola, tirando a calentorro. Costó un yescal que pagó la discográfica a nuestra salud. La adrenalina, la emoción del momento y el cubata psicológico hicieron su trabajo y a la media hora estábamos bailando como hubiésemos bailado en cualquier garito de nuestra piel de toro, interactuando entre nosotras sin pudor, contoneando el cuerpecito al estilo mediterráneo, saltando y mostrando una desinhibición que a todas luces no abundaba por allí. Ya en la barra, caimos en la cuenta de que nos prestaban demasiada atención. No creo que estuviesen acostumbrados a ver extranjeros por esos locales cuajados de autóctonos. No tardó mucho en ir acercándose lentamente un grupito de chicos rubios, como clonados, con sus camisetas tres tallas más grandes y sus bermudas cagonas, sonriendo de oreja a oreja. Ni siquiera les miramos, aunque, obviamente, nos dimos cuenta del movimiento con el rabillo del ojo. Nosotras íbamos a nuestro rollo, creo recordar que ni siquiera cruzamos una palabra y si cruzamos alguna sería «what?… «. Las que parece que sí estaban al quite eran las compañeras de los susodichos, que se mosquearon fuertemente y empezaron a aullar como lobas en celo en ambas direcciones y en una jerga que no conseguimos destramar. La cosa subió de tono porque no entendíamos ni papa, salvo dos o tres cosas sueltas. Quizá pensaron que les vacilábamos descaradamente y su enfado aumentó exponencialmente. A nosotras no nos tocaron, pero sí se zafaban con violencia de los chavales que intentaban calmarlas. Todo eso pasó en una fracción de segundo. Y en la siguiente fracción, ante nuestro estupor, aparecieron los forzudos de la puerta llamados por las hidras aquellas. Nos pidieron amablemente que abandonáramos el local o tendrían que denunciarnos por escándalo público, o lo que correspondiese por aquellos lares. Como no se andan con chiquitas en ese bendito país, seguimos las indicaciones del personal y nos fuimos tranquilamente de la manita, aguantando las carcajadas en la garganta hasta que estuvimos a cincuenta metros del local. Aún deben resonar las risotadas por allí. Con la adrenalina disparada pensamos en meternos en otro bar y volver a liarla parda sin querer, pero por la calle nos miraban hasta los gatos y en el que quisimos entrar nos dijeron que faltaba media hora para cerrar, que mejor no. Así que cogimos un taxi, esta vez anodino, que no nos hizo ninguna recomendación digna de mención.

Como broche, terminaré con una noche temeraria. Debería poner el cartelito de «no hacer en casa bajo ningún concepto» por ahí en algún rincón de este plog. No recuerdo exactamente la fecha. Verano del 2000, aproximadamente. Solíamos habitar (no íbamos, habitábamos) un local cordobés ya desaparecido llamado La Tercia. Por desaparecer, ha desaparecido hasta el edificio en el que estaba alojado haciendo esquina. Mi cuadrilla y yo estábamos allí hasta que cerraban, prácticamente todos los días de la semana. Nos gustaba la música, nos gustaba la gente y estábamos cómodos. De resultas, hicimos migas con los camareros y DJs. A última hora, los días que la cosa se terciaba (qué bien hilado) porque la noche había sido de aúpa para el personal, una vez cerrado, descargaban el cansancio lanzando los vasos de tubo de cristal contra la pared frente a la barra por el placer de verlos romperse en mil pedazos bajo el estruendo. No todos, obviamente, sólo aquellos cascados o tan sucios que parecían vasos de caracoles en caldito. Y nosotros, pues también. Ayudábamos a recoger, pululábamos por la barra, bailábamos y hacíamos el imbécil de todas las formas conocidas hasta que cerraban del todo y cambiábamos de garito. Esa noche, mi prima se cortó en el empeine del pie derecho con un cristal que sobresalía de la bolsa de basura que pretendíamos tirar. La arrastrábamos con la risa floja en el cuerpo, porque no podíamos con ella. Cortarte es lo que te puede pasar fácilmente si llevas sandalias, te mueves por un campo de batalla y no eres muy hábil (ninguna de las dos lo somos). El pie chorreaba sangre y tenía mala pinta, pero hicimos una cura de urgencia con un poco de alcohol y un par de tiritas y nos fuimos a la orilla del río, casi a la otra punta de la ciudad, al mítico Surfer Rosa. Nada, un poquito de arena para la herida. Lo pasamos, pues como casi siempre por aquel entonces: de cine. Estuvimos un par de horas durante las cuales el grupo fue perdiendo fuelle. Siempre hemos sido un grupo muy independiente: el que quería irse se iba, el que quería quedarse, se quedaba. Sin excusas. Ese fin de semana me quedaba en casa de mis tíos a dormir, porque al día siguiente habíamos planeado barbacoa. No nos quedábamos con nada de la vida. La cuestión es que serían las siete de la mañana o así cuando dijimos de irnos. Y cuando lo hicimos, caimos en la cuenta de que sólo quedábamos tres. Nosotras dos y un amigo cuyo vehículo era una moto. Grande, pero una moto. Sin taxis a la vista. Pues nada, cuál es el problema. Nos hicimos toda Córdoba -desde el río hasta el Brillante- tres personas en una moto; despacio, charlando y riendo, de madrugada, sin cascos y con un pie que ya iba teniendo pinta de carne de amputación con las tiritas colgando. Mi tía, al día siguiente, nos preguntó extrañada que cómo habíamos llegado a casa, que sólo había escuchado una moto. «Anda ya, tita, una moto…¿yo tengo moto?, ¿quien nos va a traer a las dos en una moto?» (Perdóname, tita). La cuestión pasó rápidamente fuera de foco porque ya tenía bastante con el pie de su hija, que estaba… vamos a dejarlo en feíllo. La siguiente excursión fue con mi tío a un centro de salud a que le limpiaran la herida, le cosieran ocho puntacos, se llevase de regalo la vacuna del tétanos, una buena bronca y unos cuantos antibióticos. Esta aventura ha servido de charla recurrente durante veinte años, cuando nos ponemos nostálgicas y echamos de menos nuestra época dorada; aquella en la que hacíamos locuras que no volveríamos a repetir más que unas quince o veinte veces más, si se diera el caso. Pero tú no lo hagas, que es muy peligroso. En serio.

En resumen. Diviértete, que la vida es corta y larga a la vez. Sin hacer daño a nadie, con cabeza. Pero diviértete todo lo que puedas, y más. Si te gusta el tardeo, pues de tardeo.

Foto: AFBARTWORKS
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