Venturas y desventuras
de Úrsula Corgan.

Las cosas son como son.
Excepto las que son como ella quiere que sean;
o como a ella le gustaría que fuesen.
La cuestión está en saber diferenciarlas.

Yonqui

Tiempo de lectura: 4 minutos

No soy una chica fácil. No voy por ahí, que eres de gatillo fácil tú. Quiero decir que no me gustan las cosas fáciles. Lo otro es harina de otro costal. Otro día.

Aquello que se hace sin esfuerzo, que no necesita lucha, ímpetu y cabreo.. me parece un rollo patatero. Me aburre. Me cansa. Pierdo el interés. «El amor tiene que ser algo natural, que fluya con facilidad», me dijeron una vez. ¡Ay, amigo!. Mal vamos. Sin embargo, del mismo modo que me quejo por tener que pelear hasta el último asalto, me quejo cuando no tengo motivos para hacerlo. Quién me entiende…ni yo. De ahí que siempre me haya considerado algo así como una yonqui de las emociones. No sirvo para estar tranquila.

Si un tío me dice directamente «ven pa cá»: pues no. Si no requiere tomarse las medidas mutuamente, bastante interacción previa y tiras y afloja, se me antoja como un Sundae del McDonalds. Es helado; sí. Está bueno; también. Pero es flojindango, se derrite enseguida, es churripatoso y poco atractivo a la larga, además de sobradamente conocido; no tiene misterio alguno. De vez en cuando, bueno, vale. Pero no como estilo de vida. Soy de las que van a la heladería y buscan entre las tarrinas expuestas en la vitrina, rebosante de helados cremosos, profusamente decoradas como bodegones barrocos holandeses de colores imposibles, algo nuevo y, a ser posible, raro. No siempre acierto. De hecho, casi nunca acierto. Pero ahí estoy yo, viviendo la vida al límite en la heladería.

Si se me acerca alguien en un bar, en general, lo lleva claro. Si no que le pregunten a mi Rizos, que está pelín harta del «ni se te ocurra confraternizar» que le suelto en cuanto vemos aproximarse sigilosamente en nuestra dirección, pasito a paso, midiendo las distancias, entre risitas, a un par de maromos. Tan tajante que a ella hasta se le ponen los rizos «lamiosos», como llaman las esteponeras al efecto de la tibia humedad del poniente veraniego sobre el cabello. Lo siento, no me gusta que me coma la oreja alguien que no he elegido yo. Es así, lo admito. Me dirás que soy una radical, que no pasa nada por charlar y conocer gente. A ver, tú vives en el mismo mundo que yo: realismo, por favor. Otra cosa es que yo haya dado pie. No es una cuestión de físico. Es que vivo de los retos. Y siempre es un reto. Desde la adolescencia es casi imposible que mi ojo coincida con el ojo que miro. «¿Cómo que no? Por mis riles que sí». Y ya está formado el lío.

Tampoco creo que el estado ideal del ser humano sea estar en pareja. Sí, pero no. No cualquier pareja, no estar por estar, no al estar por no estar solo. No es un fracaso vivir sin pareja. Más bien es un triunfo. Tanto que no te apetece en absoluto que vengan a moverte el triunfo de sitio. No tener pareja no es estar solo. Y parece mentira que haya que especificarlo. Muy contadas veces la intención del grupito risitas es ser amigable sin más. Y eso se nota. Y cuando se nota, no tengo problema.

Repito, no es una cuestión de físico. He salido con gente de pelaje variado: desde una mala imitación bajita y rechoncha de Joaquín Cortés (eso sí, con mucho arte en las venas aunque no flamenco) con el pelo largo tan descuidado como la barba y el resto de su apariencia, hasta un adonis de tez aceitunada al que sólo le faltaba un destello en la dentadura al sonreír para parecer un galán de cuento y que despertaba suspiros por donde iba. En diferentes grados, pero trabajados hasta la última coma de la historia. ¿Eso es bueno?. Yo diría que no, pero qué le vamos a hacer. No sirvo para estar tranquila. Todos me enseñaron que empeñarse en algo que requiere tanto sudor por una de las partes siempre acaba mal, que forzar las situaciones sólo sirve para andar forzado; siempre se me olvida para la próxima. Donde pongo el ojo, pongo la bala. Lo único que realmente he aprendido es a pasar las páginas casi sin dolor. No es moco de pavo.

Ojo; me pasa lo mismo en todos los ámbitos de la vida. Con el trabajo, por ejemplo. Peleo hasta el último aliento -en contra, a veces, de lo que dictaban la salud física y mental-, me arriesgo, no suelo ganar, me vuelvo a arriesgar, peleo con las circunstancias, peleo con las consecuencias, vuelvo a perder el aliento; encuentro algo acorde con mis estudios, gustos y experiencia… fácil…e inevitablemente llega el momento en que empiezo a desfallecer de aburrimiento. Siendo así y sin remedio a corto plazo, la pelea es otra: toca aguantar como sea hasta que cambie el viento. De resultas vivo con la inquietante y continua sensación de que va a pasar algo. Algo que me dé la vuelta. Necesito que pase. No me digas eso de: «haz que pase». Las frases de coaching manido y simplista las vamos a dejar para otro día, que me cabreo.

De todo esto deben de tener la culpa las películas que mi madre grababa en Beta y que veía una y otra vez cuando era pequeña. Ojalá tuviese, al menos, el cabello rubio rojizo de Gilda, las facciones de Scarlett y el éxito de Amanda Bonner.

Chalauras de un Viernes Santo.

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Ilustración: AFBARTWORKS

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