Me acaba de caer el 5 en todo el cogote. Siempre he sido una descreída de las llamadas «crisis» genéricas del ser humano. Hay mucha cosa genérica que a la vez no tiene nada de genérica. Yo me entiendo. Cada uno es de su padre y de su madre, que decía mi abuela. Pero hay que ver, a veces, lo que se parecen nuestros padres entre sí. En fin, que la de los 40 la estuve esperando, pero no vino. Al menos no la reconocí, lo mismo fue porque aún no me había operado la miopía y es como cuando alguien me saludaba por la calle y respondía, más o menos educadamente, con una sonrisa y un «qué tal» por si acaso, pero no tenía ni pajolera idea de quien era porque sólo veía un bulto borroso sospechoso. Me operé, puede que no a tiempo.
Sin embargo, he de reconocer que esta «crisis» genérica me ha pillado con todo el equipo. De un día para otro. Y esto es así de literal: de un día para otro. Notas cambios brutales, reales, inevitables y jodidos en cuerpo, alma, espíritu, carácter, apetencias, realidades y/o expectativas. Tus certezas ya no son tan ciertas y la experiencia empieza a diluirse como una sopa a la que le echas agua, porque «tenías» experiencia en algo que ya conocías. Sabías que la sopa estaba espesa o salada. Agua al canto y un poco de chup chup. Pero todo este jaleo inquietante es desconocido y extraño. Y encima te pilla a traición, ahí, como un ladrón a la vuelta de una esquina, al acecho, que aparece de repente y te quita lo que tienes dejándote asustada, desconcertada, casi en bragas y cabreada como una mona.
Bueno, en bragas mejor no que un día, de nuevo literalmente, no te quieres ver en bragas bajo ninguna circunstancia. Y mucho menos sin ellas. Nada ni nadie te prepara para verte el toto gordo. Que lleguen dolores varios que no consigues nombrar, sofocos que te hacen sudar en enero, desajustes fiscos y mentales, depresiones, que te mees encima dando un saltito para cruzar un charco, que la falta de estrógenos haga que te duelan los huesos, que te lata el corazón a mil por hora aunque no te hayas cruzado con Henry Cavill, duermas menos que un gato de escayola, estés cansada de la muerte sin haber subido el Himalaya o tengas la piel como un lagarto…. nada, eso no es nada comparado con la visión del toto gordo.
Tu madre (o padre, pero esto es mucha harina para otro costal) no tendría que tener contigo la charla sexual preparatoria que la gran mayoría de las adolescentes de los 80 nunca tuvimos. Me parece mucho más importante, inexcusable incluso, que te prepare para verte, repito, de un día para otro, el toto gordo. Que no hay tanga, braga, biquini o bañador que lo domine. Estás delante del espejo. En pelotas salvo los bajos, mirándote fijamente salva sea la parte, observando el trapo que no cubre la totalidad de la molla y se queda en el centro de la inmensidad, cubriendo algo más que la raja del melón. Ladeas la cabeza y tiras del trapo en cuestión unos milímetros a la derecha. Se queda la izquierda al aire, así, gordita y redondita como rosca de bebé. Sacudes la cabeza con acritud creciente, la ladeas al otro lado y tiras tímidamene hacia la izquierda esta vez. La rosca derecha queda en evidencia. Centras de un tirón. De nuevo las dos roscas apenas disimuladas. Esto no hay quien lo pare. Tu yo coqueto se resiste a comprarse un bañador de cuello vuelto y panties largos. Así que la solución es volverte miope de nuevo.
Lo del toto gordo tiene esa solución u otra más drástica que es no sacarlo nunca a pasear al aire, total el 95% del tiempo permanece oculto, que está la cosa más que mala. De relaciones hablamos otro día que hay para rellenar veinte plogs. En fin, que te compras bragas nuevas versión Joven 4.0 que la versión Mediana edad 5.0 te cuesta horrores, con tela para hacer una vela de barco por delante pero tratando que en la trasera escasee, por no perder todo el glamour psicológico de golpe. Con puntillas, estampados atrevidos o colores inusuales, lo que sea que disimule. Pero tienen que ser de cuello vuelto de verdad, porque hay otra rosca que si no le pones alguna traba acaba siendo un roscón de reyes de tamaño familia numerosa, con su frutilla escarchada y todo, ubicada a unos centímetros del toto gordo, pero en perpendicular al mismo. Bien podría ser un salvavidas marítimo perpetuo, bien la circunferencia del globo terráqueo. El caso es que crece sin piedad deformando o multiplicando tus curvas y haciendo que toda la ropa que otrora te encantaba te haga parecer un botijo. En palabras de una amiga: «tengo la cintura de otra» que combina a la perfección con el «me he comido a mí misma» de otra. No hay faja que la domine. Tiene vida propia. Si te pones un pantalón de tiro alto sale disparada hacia delante, adoptando una forma de sandía madura nada recomendable. Si son de tiro bajo, rebosa hacia arriba y se deja caer con gracia ninguna sobre la cinturilla del pantalón. Si la dejas a su amor con una prenda de tiro medio (por el ombligo), se reparte y expande por todas partes, acompañando el caminar con el ritmo propio de una gelatina de menú hospitalario: fea, insípida y blandengue. Más miopía.
¿Te rozaban antes los muslos? Traaanquila, todo llega. No nos equivoquemos, no es una cuestión de coger kilos, de engordar como un cerdo antes de San Martín. Es un tema de gravedad en su mayor parte. De atracción gravitatoria quiero decir. Sumado a retención de líquidos por el cambio del metabolismo gracias al cambio hormonal loco y el reparto cabrón del tejido adiposo por culpa de la premenopausia. Y de eso no se libra nadie. Los brazos cuelgan en modo murciélago, la papada se desborda cuando no duplica, las ojeras aparecen aunque haga lustros que no te pegas un marchón y descanses más que en la tumba y las patas de gallo ya son de la familia. Hay quien tiene ganas, tiempo y dinero para intentar ponerle coto al tiempo a base de gimnasios, clínicas estéticas, cirujanos plásticos y paranoias varias.
Nada, que no. Esto es como lo de tenerlo todo: salud, dinero y amor. Cuando una cosa va bien, se estropea otra. Yo, que soy alérgica al ejercicio y los esfuerzos, lo llevo crudísimo. No tengo ganas de vender un riñón para pagar cirujanos y los tratamientos de belleza me dan más pereza que bajar la basura un domingo de invierno. Ni siquiera psicólogos. De momento me basta con las charlas de autoayuda con mis amigas en torno a un vermú («coaching» en un «couch», me meo), y, si no podemos solucionar el tema físico, al menos nos reímos juntas porque mal de muchos es consuelo de tontos y de tontos este mundo lleno, que más da cuatro o cinco más. Y la miopía, que no falte. Al fin y al cabo, la belleza nunca la determinará una rosca.




SUBLIME !!!!!!!
Gracias!
Pero que grande. El tema de los vaqueros y sus tiros me ha hecho ver que …no estamos solas!. Un beso y felicidades
Muchísimas gracias por tus palabras. Misión cumplida si te hice reír. 🙂
Espectacular descripción de esta etapa femenina. No puedo parar de reír 👌🤣
Me alegra haberte hecho pasar un buen rato 😊.