Venturas y desventuras
de Úrsula Corgan.

Las cosas son como son.
Excepto las que son como ella quiere que sean;
o como a ella le gustaría que fuesen.
La cuestión está en saber diferenciarlas.

El 5, el 2 y una hemorroide salvadora

Tiempo de lectura: 8 minutos

A lo tonto, a lo tonto, hace ya dos años que no cojo una pluma. Es un decir: no soy una juntaletras del siglo XVIII como para usar una de pájaro, aunque casi me siento como una; por lo de antigua, quiero decir. Tampoco soy una esnob del XXI como para usar una estilográfica, pero nunca digas nunca.

Han sido dos años de mierda, prácticamente literalmente. Perdonad el tema; vayan por delante mis más sinceras disculpas. Me debo a la verdad y eso es, casi siempre, difícil, cuando menos. Para qué nos vamos a llevar a engaños.

Si no leíste el plog anterior sobre la llegada del 5 y su rima, es buen momento para hacerlo. Puedes hacerlo aquí. Si ya lo leíste y quieres seguir leyendo este, es bajo tu única y exclusiva responsabilidad.

Lo de la rima del cinco fue solo el principio. Previsible, por otro lado. Se veía venir que el cero sería el primero de muchos cincos con retranca. La madre que los parió.

He de decir que no todos los males de estos dos años se derivaron de la rima, pero ayudar, no ayudó en nada la cifra. Una cosa impepinable de hacerte mayor es que todos los de tu alrededor también lo hacen. Parece de Perogrullo, y ciertamente lo es, pero no somos realmente conscientes de ello hasta que la cosa empieza a ponerse fea de verdad. Y a mí se me puso fea con avaricia de un día para otro.

En dos horas se me jodió la vida un poco más. Mi padre, mi gran apoyo y pilar vital, se fue después del desayuno, un 1 de noviembre, y no precisamente a comprarse un puro. Porque mi padre estaba sembrao para todo, incluso para morirse. Lo trajeron a este mundo los Reyes Magos y se lo llevaron Todos los Santos, como si fuese miembro de un club de gente que tiene colegas hasta en el cielo. No se iba a ir un día cualquiera, igual que no llegó uno cualquiera; no vaya a ser que se te pueda olvidar el evento.

En fin, que la vida se me dio la vuelta como un calcetín. Otra vez. Por quinta vez en diez años. Sin entrar en detalles, a la terrible e inesperada desaparición de mi padre —siempre digo que mi padre no falleció para mí: «desapareció», porque, cuando por fin me hice los 280 km de vuelta a casa sola en el coche, en el peor viaje de mi vida, él ya no estaba y no lo vi hasta el día siguiente, en el reconocimiento previo a la incineración, donde ya no era él, y de eso todavía no puedo sacar una gracieta—, al traslado de padrón, al cambio laboral, a las herencias difíciles, a la gente hijaputa por doquier queriendo aprovecharse y a «todas las mierdas» —parafraseando a mi excompañera de trabajo Lorena—, cuando la tristeza te pesa más que el culo…, pues vas y le sumas la dichosa evolución del cinco.

Cuando digo que la pena llegó a pesar más que el culo, no ando errada ni exagero. Con la vorágine de cambios y la mezcla de medicaciones varias para unas cosas y otras que empezaron a aparecer, llegué a pesar 12 kg más, además de los tres o cuatro que ya había cogido en lo que parecía un ataque de premenopausia.

De repente, tan rápido como un trombo pulmonar puede llevarse a alguien de este mundo sin que te dé tiempo a pestañear, había mutado en mamut: prehistórica, robusta, pesada y lenta. Y me salto lo de peluda porque ya me había hecho la depilación láser. Qué suerte.

Y lo peor es que esos 12 kg se repartieron por donde a Dios, al universo, las estrellas o lo que sea que esté por ahí influyendo en nuestros destinos le dio a entender. ¿Para qué se van a repartir uniformemente, para que al menos seas una curvy y no una foca al uso? Tiposa dentro del desfase. ¡No, hija, no!, que diría aquel.

El toto gordo —¿has leído el anterior plog?— pasó a desbordarse como en una inundación y lo que otrora eran graciosas y recién estrenadas roscas de bebé pasaron a ser neumáticos de tractor. El pecho dejó de ser firme y fibroso para convertirse en la deseada herramienta de trabajo de tres o cuatro amas de cría, de tal forma que te lleva él a ti y no tú a él, inclinándote hacia delante por la ley de la gravedad, la tía, siempre haciendo de las suyas. Las lorcitas de los costados, que ya vivían contigo pero estaban tersas, son ahora de la textura de una tortillita de camarones, como los muslos y la parte superior de los brazos. Una incipiente enfermedad llama a tu puerta: el lipedema. Fea es la palabra y feo el efecto: retienes líquidos en bolsas por las extremidades; duele, pesa, fastidia, es estéticamente espantoso y físicamente doloroso. Te tocó la lotería. Ya llevas tres, guapa: endometriosis, migraña y lipedema. Yupi.

En fin, que retengo más líquidos que un pozo. Para colmo de males, el estómago —con aquello del batiburrillo de medicaciones, el estrés y los nervios a flor de piel todo el día gracias al nuevo trabajo, el volver a vivir circunstancialmente con tu madre (melonaco que abriré otro día), y la pena profunda— dice que, si alguien quiere trabajar, que sea tu tía, que él ya tiene bastante, y que se declara en huelga.

Y nada, que anduve por ahí con la barriga de una embarazada de nueve meses, tensa como la piel de un tambor, sin poder abrocharme los pantalones nuevos, dos tallas más grandes, que me había tenido que comprar por cojones. Encima, invirtiendo en renovaciones.

Ese bombo sin platillo acabó desencadenando una tormenta intestinal con sus rayos, sus truenos y su tromba. Tal cual. Y eso, a la vez, irritó sobremanera a mis amigas, las habitantes del ojo trasero, que también tienen opinión y opinan que ya está bien de mamoneo, que están hartas de tanta tensión, tanto ácido en tromba y tanto pego… ¡Hombre ya!

Ni los medicamentos específicos —después de tres o cuatro putadas en forma de análisis, resonancia, vuelta a los análisis, etc.—, ni las infusiones, ni las dietas, ni los baños, ni los relajantes ni los pepinillos en vinagre —eso menos que nada— hacen que se normalice la situación. Me tienen entre todos intentando despegar y sacar la cabeza del agua dentro de lo posible, pero viviendo situaciones imposibles y momentos inolvidables para regular. Como aquel día de feria, a cuarenta grados centígrados a la sombra, vestida con mi recién estrenado traje de gitana negro de solemnidad y rezándoles a todos los santos que están de juerga con mi padre para que no se desencadenara la tormenta con un vaso de agua, porque el vestido me queda tan estrecho que, si se da la situación, no solo tengo que buscar la orilla del río en el peor de los casos o atropellar a diez o doce tías en la cola del baño en el mejor para evacuar, sino que alguien tiene que venir conmigo a vivir el espectáculo en vivo, porque el vestido no se desliza ni hacia arriba ni hacia abajo y me lo tengo que quitar entero. Y hace muuuuuucho que nadie me quita un vestido; no quisiera que fuese así la primera vez —que ya casi cuenta como tal—. O en un concierto de un artista internacional, petado hasta las trancas de gente y en medio de la nada, donde lo primero que localicé fueron los baños portátiles en lugar de las salidas de emergencia, porque me daba más miedo mi propia marabunta interna que una estampida popular. En ambos casos salí airosa de la situación a duras penas. O con mucha pena y nada duro.

Total, que de tanta tromba se le hincharon las pelotas al masculino de mi nombre. Y aquí es donde empieza la salvación. ¿Quién lo diría?

Esto ya está en grado IV y es insalvable. Se decide amputar: horror, pavor, temor y todo lo imaginable terminado en -or. Se procede a ello un lluvioso de más día de febrero, porque la cosa ya no iba de trombas, pero había que darle un puntito cómico. Cirugía sin complicaciones y un posoperatorio digno de una película de terror de serie B, porque, claro, yo ya venía fina de casa. La endometriosis dijo que se apuntaba a la fiesta, que cómo no la había avisado. Mala mujer. Así que al dolor insoportable de la evacuación posamputación, que te revuelve las entrañas y hace aflorar náuseas, se le sumó un precioso dolor de ovarios —para enmarcarlo— con su respectiva regla en tromba. Y a los tropecientos millones de baños de asiento correspondientes se les sumó un efecto secundario en la piel por exceso de humedad, para rematar la faena. Porque a mí me cuesta arrancar, pero, cuando arranco, voy con todo.

Para que todo este sindiós fuese más soportable, no tuve más remedio que vigilar la dieta más que a un bebé de pecho, y eso fue lo que me salvó del modo mamut. A base de proteína básica, sopa lavada, cremas y kéfir, todo en cantidades como para jugar a las casitas, empecé a bajar de peso. Nada de alimentos que fermentasen o crearan gases, que, oye, es casi todo lo que tiene saber y buena pinta. Lo más aburrido del planeta, pero no estaba para diversiones. Queriendo evitar el pánico del momento «charla con el señor Roca» y el posterior bañito de asiento de partes bajas con Betadine —no tengo que explicar lo que pica—, comía como un pajarito anoréxico. Y así conseguí controlar el estómago y sus trombas, la inflamación que me hacía parecer embarazada y comencé a embeberme.

Perdí unos 6 kg en un mes. Mucho volumen. Se veía de nuevo mi cara separada de la papada. Buena señal. Pero no es suficiente porque, igual que se cogen kilos por aquí y por allá, se pierden a cachos inconexos.

El pecho se ha quedado en modo Pamela. No me gusta, pero, oiga, es lo que hay. La cintura se ha afinado; sin embargo, el neumático de tractor sigue por ahí dando la coña, haciendo que tenga una apariencia extrañamente cuadrada situada entre el ombligo y el toto gordo, a todo alrededor. Las piernas han perdido mucho volumen, así que ahora tengo la figura que siempre odié: un tonelito con las piernas canijas colgando, como los monigotes que pintan los niños. Y con tortillitas de camarones por doquier.

La cosa es que ahora sí, estoy maripaúsica. Vaya: la regla jodida posoperatoria fue prácticamente la última. Porque, si se tenía que ir, se tenía que ir por la puerta grande. Y eso que, en la revisión ginecológica —que fue posterior a la cirugía—, me dijo la doctora: «Uy, no estás ni en perimenopausia; todo perfecto», mientras yo me arrastraba penosamente hasta el potro de tortura, pensando cómo cojones iba a subir ahí si apenas podía soportar el roce de mis propios cachetes. Que eso también fue un show. No sigo por ahí. Total, que mis análisis mienten. Como bellacos.

Consejo de instagramers —si ya las redes nos tienen sorbido el seso, imagínate 24 h sin poder apenas girarte durante dos semanas y limitada durante un mes—: suma a la alimentación entrenamiento de fuerza, bla, bla, bla. Puf. Gimnasio. Paso. Sigo como voy y hasta donde llegue.

Pero llega el verano. Y hay que sacar piernas y brazos a la calle. Ya has adelgazado unos 8 kg. Has bajado casi dos tallas. La ropa que compraste ahora te está grande y la que no habías regalado, pensando que jamás volverías ahí, te sienta como a un Cristo dos pistolas. Ya sabemos: el cuerpo ha cambiado de forma, no solo de volumen. Comes mucho mejor —aburridísimo, en el mejor de los casos—. Duermes mejor. Hay menos estrés general. La convivencia va encajando. Vas bien. Sales más. Te permites un par de viajes. Sin embargo, las hormonas cabronas no te dejan vivir, y el espejo mucho menos.

Y como quiero vivir, quiero volver a ser yo por dentro y por fuera y quiero que el espejo me devuelva algo de lo que fui… voy y me traiciono a mí misma: me apunto a un gimnasio. He perdido la chaveta, lo sé. He renegado del ejercicio toda mi vida. La gente me dice: «Pero luego sales supersatisfecha de ti misma por el deber cumplido». Y un cojón, con perdón. Yo no: cero satisfacción y un poco de mal rollo. Hay que perder al menos 4 kg y alisar lo que se pueda. Ya no por estética —que también—, sino por salud general y para evitar el dolor que me trae loca. Nos tragamos el mal rollo.

Ya lo he dicho: cuando voy, voy con todo. En todo: en el amor, en el trabajo, en la amistad. Soy un 100 % o no soy nada. Así que ahí me tienes, hasta en domingo, montada en una elíptica, en un gimnasio medio cutre que he elegido así a posta, con la esperanza de que el personal asistente sea como yo: gente que va a su bola buscando un beneficio medio, sin estar preocupada por parecer un Hemsworth o una Pataky del sur cualquiera. Con los labios pintados y máscara de pestañas, que no me puedo perder del todo.

Objetivos a medio plazo: dejar de ser un monigote de niño pequeño relleno de tortillitas de camarones y dejar de notar que alguien me ha puesto un fixo en el ojete —será la cicatriz, digo yo—. No tiene nada que ver una cosa con la otra, pero, oye, es lo que me preocupa ahora.

¡Ah! Y que alguien me quite el vestido, que ya va siendo hora.

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