Primeros días de marzo (aún no sabíamos que se convertirían en meses).
Con esto del confinamiento los vecinos estamos supersincronizados, los ruidos nos delatan. El ejercicio por la mañana, recoger la casa, comer, ver la tv…todo a la misma hora. Me levanté esta madrugada, sobre las 4 h, para ir al baño, con los ojos pegados para no desvelarme. Estando en el asunto, oigo ruidillo por el bajante y pienso: «coño, ya hasta meamos a la vez», mosqueada por la poca originalidad de esta vida. Hasta que me acuesto y caigo en que está lloviendo. Pues me sentí mejor.
Llevaba siete días sin salir de casa, ni siquiera para bajar la basura. Intenté pensar en todo la última vez que compré en el supermercado. Nada de carnes con hueso, ni pescado con raspas, fruta que no haya que mondar, y aprovechar todo al máximo, sin sobras. Así que solo tenía envases para tirar y que podían esperar. Viendo que había dejado de llover y que las noticias prevén inundaciones para esta semana en la zona (éramos pocos…) me he aventurado a bajar las tres bolsas de envases que estaban colonizando mi pequeña cocina, y acercarme al súper para no tener que bajar en mucho tiempo. Es tan raro ver el paseo marítimo solitario y triste. Te invade la desesperanza, aunque no quieras. Mi plaza, llena de vida otrora y por la que ahora sólo campan dos palomas con cara de despiste y pocos amigos, huele más dulce que nunca a azahar y a esas campanillas -aún no se cómo se llaman- que saturan el ambiente de limón con miel.
No veo a nadie hasta que llego al supermercado. Hay unas diez personas esperando fuera, separadas por, al menos, tres metros. Pregunto quién es el último, porque no es una cola al uso. No llevo guantes, ni mascarilla. No tengo. Intentando de nuevo pensar en todo ni siquiera llevo bolso. Ni chaquetón. Me he vestido con un jersey grueso y unos vaqueros que lavar inmediatamente cuando llegue a casa, así me ahorro tener que lavar un chaquetón. No tengo secadora y hay mucha humedad en el ambiente. También tengo el pelo sucio, pero me lo he recogido en una triste coleta (tengo cuatro pelos). Total recomiendan ducharse y lavarse el pelo al volver a casa, no me lo voy a lavar para volvérmelo a lavar; acabaría calva fijo. La cuestión es que me contestan con una señal, nadie habla. Todos -menos otro chico detrás de mí y una servidora- llevan mascarilla. Y guantes. Pero parece que les da miedo hablar, ni siquiera de lejos. Cuando me toca en el súper sólo hay silencio amenizado por el ruido de las ruedas de los carritos. Yo llevo puestos mis auriculares, en los que está sonando Muse a toda leche (Stockholm Syndrome, ni a posta) pero me doy cuenta de que el hilo musical no está conectado. Hay de todo: carne, pescado, el famoso papel higiénico. Casi no hay lejía. Odio el olor a lejía e intento comprar productos que la lleven, pero que no se note. Hoy toca aguantarse. Cojo la penúltima. En caja también estamos distanciados, han puesto tres líneas en el suelo por si a alguien se le olvida. Tampoco habla nadie con los cajeros, ni siquiera para pedir bolsas. Las criaturas están taciturnas y apesadumbradas tras las mamparas de metacrilato, cargadas de cansancio e incomprensión. Yo sí hablo. Digo: «buenos días; deme tres bolsas; dónde dejo el carro; buen día; adiós». Mi cajero sonríe tras la mascarilla, con los ojos, como si le hubiese tocado la lotería.
Vuelvo a casa cargadísima -además de las tres bolsas que he pedido, tenía una de esas enormes reutilizables-, pensando en que luego las cervicales me van a pasar factura y que encima es mejor no tomar ibuprofeno, por si acaso. Intento hacerlo todo bien. No toco la puerta del portal, la empujo con el hombro, llamo al ascensor con el codo, abro la puerta de mi casa, suelto las bolsas en la cocina (son tres pasos). Me quito los zapatos, rocío con agua y lejía todo lo que he comprado antes de guardarlo, el reloj, los auriculares, las monedas del cambio, el llavero, lo poco que he tocado por casa, me quito la ropa (toda) y la meto en la lavadora a 60°, limpio las suelas de los zapatos, la encimera. Me ducho y lavo el pelo, y friego toda la casa con lejía, incluida la terraza. Quizá me he dejado algo atrás, pero he intentado hacerlo lo mejor posible. Y todo esto no lo he hecho por mi. Lo he hecho pensando en mi padre, en particular, en mi madre y en todas las personas mayores, adultas, jóvenes o niños. En los sanitarios, los policías y todos los que tienen que trabajar cuando seguro que preferirían estar aburriéndose en su casa, y que el marrón se lo comiese otro. Pero sobre todo en mi padre, que está en el grupo de más riesgo. Pienso en él, y en muchos como él, y me gustaría que todos pensasen por una vez aquello de «haz lo que te gustaría que te hicieran a ti».
Quédate en tu casa y, si tienes que salir, hazlo con cabeza. Solidaridad y humanidad. No es tan difícil, de verdad. Para que cuando salga el sol nos siga brillando a todos.
Junio
El lunes me reincorporo al trabajo. De momento sólo media jornada, no está el horno para bollos. Por eso, este sábado, de repente, me parece un sábado cualquiera. Me ha hecho plantearme mil preguntas, de esas de ceño fruncido y cara de estupor. «¿Cuándo dejé de limpiar a todas horas? ¿Cuándo me aburrí de colorear? ¿Cuándo dejé de escribir? ¿Cuándo Netflix dejó de ser un pasatiempo? ¿Cuándo dejamos de arreglarnos los sábados para hacer videollamada, con una copa? De hecho…¿Cuánto hace que no hago una videollamada? ¿Cuándo dejé de aprovechar los días en la terraza porque hacía sol?»
¿Ha pasado todo esto realmente? Apenas tengo recuerdos vívidos, sólo sensaciones vagas. Y certezas. La certeza de que hay amigos que se merecen todas sus letras, que hay otros que estaban ahí y no lo sabías; que incluso aquellos con los que no hablas nunca (y puede que no vuelvas a hacerlo en otros dos años), te sacan una sonrisa que alegra el día. Y que hay otros que sirven para un rato, con suerte, haya pandemia o no. La certeza de que nadie te va a sacar de tu propia imaginación; de la angustia o la desesperación que inevitablemente acaban haciendo mella hasta en el más aguerrido guerrero. Sólo tú misma. Por eso vivir sola es sólo medio hándicap. Si ya has vivido algo parecido (en otro contexto, obviamente), eso que tienes ganado. La certeza de que sobrevivir a días grises estando atada a una economía de subsistencia que te devora por dentro -porque no has cobrado el Erte que la empresa en la que trabajas se vio obligada a hacer-, es un ejercicio titánico y devastador. De hecho, empiezas a trabajar y llevas casi tres meses sin ver un céntimo. Y no se les cae la cara de vergüenza a los de arriba. La certeza de que todas las palmas de los primeros días, los arcoíris, las consignas, las buenas intenciones, las donaciones públicas y anónimas… pasaron sin pena ni gloria, de un día para otro, y se convirtieron en un -casi incomprensible e incomprensiblemente- recuerdo lejano. Al principio el WhatsApp hervía con mensajes que prometían que esto nos cambiaría como sociedad y nos haría mejores personas. Siempre los rebatí; no hay más que echar la vista atrás para entender que el país (el planeta, quizá) que nace lechón, se muere cochino. Y aquí estamos, pasando de los arcoíris y los memes, enfrentándonos por política entre amigos y familiares. Más arriba, para qué hablar. Y seguiremos. A remolque. Como si nada.
Diciembre.
No veo a mi familia desde febrero. Miento; mi madre y mi hermana estuvieron una semana de vacaciones en mi casa y vi a mi padre el día que las trajo y el que vino a recogerlas. Nada más. En el trabajo usamos mascarilla, siempre. Intentamos que todos los clientes se la pongan. No es fácil, hay de todo en la viña del Señor. Ahora, las circunstancias apremian. Ya no limpio las cosas del súper, ni lavo la ropa cada vez que me la pongo, ni me lavo el pelo a diario. Como sociedad ya no cantamos, ni pensamos que el mundo será un lugar mejor. Me encuentro ante la misma tesitura que muchos españoles, por no decir habitantes del mundo. Llegan las vacaciones de Navidad y mi salud mental pende de un hilo. El año ha sido muy duro. Afortunadamente, no tan malo como podría haber sido. Ningún familiar o allegado ha fallecido, al menos no por este bicho. Obviando eso, a las circunstancias generales se han sumado las personales. Aunque estés versado en batallas y seas duro como broca de diamante, se va acumulando el estrés y acaba pasando factura. Me da miedo ir a casa y contagiar a los míos, porque, obviamente, sin PCR no tengo ni idea de si soy asintomática. El esfuerzo se me antoja sobrehumano: de vacaciones (que no he tenido en todo el año porque, oiga, un confinamiento no son vacaciones), cansada al límite, con alguna gotera física, en Navidad, sola; después de un año como este. Y sin saber cuánto va a durar esto. Los políticos lo saben, como saben que no pueden obligar a la ciudadanía a hacer más esfuerzos gratuitos y mal gestionados, a tragarse más mentiras y medias tintas sin pestañear, porque les están tocando lo único que les importa además del bolsillo y el trabajo. No, no son las fiestas, la alegría ni la farra. Es el sentirse querido, protegido y parte de una familia que está ahí cuando la necesitas. Que muchos están agotados, que no pueden más. La razón pide que te quedes, por conciencia social. El alma grita que te vayas, por tu propia salud mental. ¿A cuál sigues?




