Quizás este plog debiera llamarse «Crónica de un viaje». Todos mis viajes acaban siendo un despropósito, de ahí la duda. Me pasa en la vida, en general. Tengo poca, poquísima, fuerza de voluntad para las cosas con importancia relativa. Teniendo en cuenta que no hay nada que esté exento de importancia, hasta el más ínfimo detalle que no afecta a nadie por sí mismo, puede acabar en un caos al más puro estilo bola de nieve; como cuando decidí cambiar el sofá de sitio para tener más luz para leer y acabé cambiando de sitio hasta a mi marido (fuera de la misma, en realidad, quizás debería llamarlo ya «exmarido»), pintando las paredes de toda la casa y porque me pilló sin posibles para reformas, que si no lo mismo acabo viviendo en un loft.
Cuando hago un viaje, la cosa se va desmadejando desde el primer momento. Me dan las vacaciones el 18, por fin. Y puedo ir a casa a ver a mi familia, por fin. Tengo pensado irme el día 20, así tengo tiempo para dejar la casa organizada antes de irme: la nevera vacía y limpia, todo recogido, la luz desconectada (porque me voy tres semanas y así estaré más tranquila, y lo mismo ahorro algo y todo). Eso lo pensé el 14. El 15 ya voy pensando en qué es lo que voy a hacer tantas horas recogiendo y organizando, ni que viviese en el Palacio Real. El 16 estoy nerviosa ante la idea de unas vacaciones inminentes (tan ansiadas), así que hago la maleta para consumir parte de la energía que libera mi cerebro marchando a mil por hora, de día y de noche, el cabrón, que no para. Me levanto y desenchufo la nevera, que se vaya descongelando. El 17 sólo me queda limpiar la nevera y el aguachirri que ha soltado, tirar lo que no se puede aprovechar y meter las cuatro cosas que quedan en una bolsa para dárselas a mi compañera de trabajo antes de irme, que las disfrute. Dejo la maleta de la ropa, el bolsón con las botas, botines y zapatones (jodido invierno), el portátil y la cámara, cada uno en su propia maletita, todo junto en el descansillo. Finalmente me voy el 18, así que sólo tengo que volver a casa del trabajo, recoger las bártulos ya preparados y salir corriendo. Ya en la cama, recapacito. Que digo yo, que para meter un triste neceser y desconectar la luz no voy a estar aparcando, y vuelta a aparcar, a la ida y a la vuelta del trabajo. Ese cabo lo ato yo en un momento de nada. Adelanto la alarma del despertador una hora, para ir holgada. Las revoluciones cerebrales no me dejan dormir, así que, después de arreglar el mundo unas doce veces, esa hora de más acabo gastándola en el bar de al lado de la oficina: desayunando, con los baúles de la Piquer en el maletero del coche, duchada, maquillada, con el pelo recién lavado, la luz desconectada, la basura en el contenedor y unas cuantas postales navideñas escritas y echadas en los buzones de mis vecinos, de regalo. Que nunca tengo un detalle y me sobraba tiempo.
Vale. Ya he salido de trabajar. Directa a la gasolinera. Aquí viene el segundo despropósito conocido. Pienso, como acostumbro a pensar, en llenar el depósito de combustible. Me rebato, como me suelo rebatir. Para qué, si sé que sólo voy gastar la mitad en el viaje de ida. Ya veremos a la vuelta. ¿Y si pasa algo en el camino? ¿Atasco, posible desvío o similar? Pues que pase, odio dejar el depósito medio lleno y el coche parado. En Córdoba no lo voy a mover del sitio salvo hecatombe nuclear (supongo que ni así, ¿no?), con lo difícil que es encontrar aparcamiento en la avenida. Al final, lo lleno tres cuartos: «ni pa ti ni pa mí». Me había convencido firmemente, además, todos esos días con alma de croqueta en la cama, de que en la gasolinera lo que se despacha es gasolina. Nada más: «Entras y vas como un caballo con anteojeras directa a la caja; no te detienes ni un segundo a mirar golosinas colocadas allí por seres malvados que no tienen en cuenta que es Navidad y ya vas a tener bastante con meterle al cuerpo una dieta a base de polvorón, turrón y chocolate como guarnición de todas las comidas posibles». Pero el destino está esperándote a la vuelta de cada esquina. Se me caen las llaves al suelo al sacar el monedero. Horreur. He de pasar la nariz por todas y cada una de las chuches colgadas bajo el mostrador. A la ida y a la vuelta. No puedo resistirme y cojo un paquete de regaliz rojo, lo más discreto del magnífico mostruario. Pago y salgo escopeteada. Se lo llevo de regalo a la familia para la merienda, no lo voy a abrir. Ya, ya.
Tercer propósito conocido: no voy a coger la autopista. Hace buen tiempo, no creo que haya tráfico hoy a esta hora, tengo que pagar dos peajes (a la ida y a la vuelta): carísimo. Paso de la autopista y esos 20€ me los gasto yo de birras con los colegas. Ya, ya. El despropósito llega cuando no llevo ni diez kilómetros y pienso: «bueno, voy a coger sólo el de Málaga, que por la autovía hay muchas curvas, túneles y, lo que es peor, hay que ir a 80 km/h o te cascan los radares de tramo. Me es casi imposible mantener esa velocidad. ¿Cuántas multas me han puesto ya ahí? Vale, cojo sólo ese». Esto mismo lo he pensado ya unas diez millones de veces, en cada viaje que hago a casa, a la ida y a la vuelta. Y siempre acaba igual. Soy la persona a la que más me cuesta convencer. Hasta el último segundo me hago la dura. Voy toda decidida por el carril «del centro», que me permite seguir, si decido ir de tranqui, por el rápido de la autovía. A punto de pisar la línea divisoria, en el último momento, pongo intermitente, giro a la izquierda y me paso al lento de la autopista. «A tomar viento, me van a sacar de pobre los 5€ del peaje éste». A la ida y a la vuelta. Ya, ya. A los cinco minutos, ya en la autopista, pisando todo lo que mi Mazdita y mi conciencia me permiten pisar, los nervios causados por las tremendas ganas que tengo de llegar me atraviesan el estómago y los ojitos se me van directos al bolso, donde guardo el regaliz. Que no, Ana, que no. Me distraigo buscando un dial que se oiga decentemente y no te asesine los tímpanos con ritmos latinos diabólicos. La misión no es moco de pavo. Me han robado la antena por quinta vez. La señal es débil, a pesar de que la autopista está pegadita a la costa, y casi todo lo que se pilla con claridad cumple alguno de estos tres requisitos: no hablan en cristiano (bastante harta de guirigai estoy ya), emiten chunda-chunda del bueno o es Radio María. Porque Radio María se escucha hasta en el rincón más perdido, inhóspito e insospechado. Será que tienen permiso directo para que sus ondas surquen los cielos…vete tú a saber. El caso es que me paso más de media hora dándole pellizcos al dial. Desisto y pongo un CD de Primätah, altito de volumen para cantar a grito pelado, ya que voy sola. Con esto del bicho no es prudente llevar pasajeros Blabla. Pasando Málaga, la ansiedad no perdona y meto la mano en el bolso para sacar el regaliz y abrirlo pegándole un mordisco al plástico (ups, la COVID…). Sólo uno. Canto, miro el paisaje; canto, otro. Cuando llego al túnel del camaleón del segundo peaje no me queda ni uno y cambio a Muse para desgañitarme lo más grande hasta fin de trayecto sin azúcar a mano.
Ya ha oscurecido cuando llego a la ciudad. Está despierta y dormida a la vez, esa bendita (y maldita) singularidad suya. Hay mucho tráfico. Me sorprende que me dé miedo la cercanía de los coches y las maniobras suicidas de algunos. La falta de costumbre, supongo. De mi casa esteponera al trabajo apenas hay dos kilómetros en los que puedes encontrar dos semáforos, que casi siempre están en verde. Mientras no pases a la hora punta del colegio vecino, el tráfico brilla por su ausencia. Y hace diez meses que no salgo del municipio, ni casi de esos dos kilómetros. Me empiezo a estresar pensando en el aparcamiento. A veces, he tardado hasta una hora en encontrar alojamiento para mi vehículo después de coger complejo de peonza dándole vueltas a la manzana de la izquierda y a la de la derecha. Llevo equipaje para parar un tren. Los típicos «por sis». Y en este año atípico, más aún, al contrario de lo que la lógica impone. Me pienso poner la ropa de los domingos hasta para ir a comprar churros un martes a las ocho de la mañana, que estoy harta de los vaqueros y la sempiterna camiseta corporativa del trabajo. Eso de ir uniformada está bien para no quebrarte la cabeza por la mañana, pero aburrido también es tela. Ay, aquellos tiempos en los que llevaba modelito (extravagante, a ser posible) y taconazo a cualquier parte.
Lo que es un despropósito en sí misma es la situación. Hace más de diez meses que no he visto a mi familia, pero no puedo -no debo- abrazarlos ni tocarlos. Y para eso sí que soy de firmes propósitos. Para las cosas con importancia real no hay discusión y tengo fuerza de voluntad a prueba de bombas. Hasta que me haga el test de antígenos (sólo por precaución y antes había sido materialmente imposible), voy por casa con la mascarilla puesta, como lo más alejada posible de los demás en la mesa y ventilo la casa antes de que nadie se levante. Negativo, menos mal. En tres semanas, hablamos.
Ya voy de vuelta y, por supuesto, voy a coger los dos peajes. Ya, ya, no voy a fingir esta vez, no tengo ganas. Lo que tengo es prisa por llegar a casa y quitarme de encima esta sensación de desasosiego y despropósito, a ver si el mar me calma. Al final de mis vacaciones, sólo he visto a mi mejor amigo y su familia y, para poder vernos con «seguridad», quedamos en un merendero campestre, a dos grados bajo cero reales y cuatro bajo cero de sensación térmica. No se nos congeló el culo de milagro. He dado dos paseos contados con mi madre por la Judería y la belleza de las calles desiertas sobrecogía tanto como la tristeza que transmitían. Nada de vermús con los amigos, ni tardeos ni fiestas; ni siquiera hemos salido a comer a un restaurante un sólo día. El resto de los días: salir a hacer compras con mi madre para estirar las piernas, leer, ver series, charlar y jugar a las cartas con mi padre, cocinar, adelantar algo de trabajo con mi hermana -para cuando la gente tenga ganas de comprar algo más que un pijama-, y brindar en los días señalados por haber sobrevivido al despropósito del año pasado y por seguir así en un futuro a corto plazo. No sólo la salud física cuenta. Agradezco enormemente haber podido pasar estos días con ellos. Lo necesitaba y, quién sabe, la vida es jodida y dura de cojones, nunca sabes lo que te espera, ni cuanto tiempo pasará antes de que pueda volver a hacerlo. El esfuerzo ha merecido la pena.
Para la vuelta me he hecho un test serológico: mi familia del trabajo me importa tanto como la de sangre o la que se elige. Negativo, menos mal. A pesar de haber hecho todo lo posible, haber cumplido todos y cada uno de los propósitos importantes, nadie escapa al infortunio. Demasiados «no pasa nada» y muchos «yo no quería». Ya lo dije, ni saldríamos mejores ni se aprendería una mierda. Una sociedad infantilizada, sin disciplina ni respeto, educada para hacer lo mínimo y pretender lo máximo, acostumbrada a mirarse el ombligo para reclamar derechos y obligarse poco, que cansa, no podía responder de otra manera. Generalizando, claro. Mejorando lo presente, claro. Hagan de su capa un sayo cuando les toque.
El mayor de todos los despropósitos posibles es haber dejado a mi madre junto a un húmedo bordillo gris con las lágrimas aflorando después de un abrazo forzado que no sabíamos si darnos. Su emoción -toda su incertidumbre condensada en una fracción de segundo- me ha traspasado el corazón como una aguja fina por medio de alguna de mis cicatrices y el esfuerzo sobrehumano que he necesitado para mirarla con una sonrisa tranquilizadora me ha traído moqueando los eternos 244 km que nos separan. Tan cerca, y tan lejos. Sin música, ni azúcar. Hasta el cielo lloraba.




