Viviendo en la costa sur de nuestra piel de toro, te das de bruces con muchos hechos sorprendentes, casi siempre protagonizados por los atribulados guiris que habitan estas tierras. Los más impredecibles son los que viven aquí todo el año, que ya están con la cabeza en el estilo de vida del sur, pero las piernas siguen estando en el norte, y no sólo por la indumentaria: nunca entenderé cómo se puede ir con un plumas apto para los inviernos de Siberia y llevar las canillas y los pies al aire, enrojecidos lo mismo por la levantera invernal que por el lorenzo de agosto. Y menos aún entiendo cómo puede uno comerse unos boquerones en vinagre a las 2 de la tarde, con un café americano doble y sin azúcar en vaso de caña. Hora adecuada para una tapa -además es una tapa atrevida, bien, cabeza en el sur-, pero ese maridaje no hay por donde cogerlo, alma mía. Se me encogen los pelos en los poros sólo de imaginar el paladeo. Soy capaz de conceder un maridaje de café con leche con bocata de jamón, porque suena a desayuno con solera y la mayoría nos comemos el bocata, y después el café. Nada de mezclar buchitos con bocados.
No es coña. A mi lado hay una señora con semejante aberración sobre la mesa. Boquerón, buchito, boquerón, buchito. Al otro lado, otra del mismo corte. Tapa de ensaladilla, un pinchito moruno de pollo y un café bombón. Más allá una pareja que marida las gambas al pil-pil con sendos cafés con leche y, para acompañar, pan con mantequilla y mermelada. Se me van a quedar los pelos metidos para dentro.
No me apetece la crema de verduras que hay hoy en el menú, así que me bebo mi botellita de agua con una tapita de huevas aliñás. Entre pitos, flautas y guiris con el norte perdido gracias a la colorina que está cayendo, me han dado las mil y tengo media hora para comer antes de ir a mi cita con el fisio. Me hace una ilusión tremenda plantarme boca abajo en la camilla, a que me torturen durante 45 min, recién comida. Corren el riesgo de, además de recibir insultos (pensados, que no proferidos, que aún conservo algo de compostura), recibir una ducha de jugos gástricos con tropezones. Cruzo la calle en dirección al Mc. Es la opción más rápida y económica para no desfallecer. No me dio tiempo a desayunar esta mañana porque he necesitado la fuerza de voluntad de diez hombres, de los de pelo en pecho, para levantarme, debido a una caótica noche toledana que mezclaba dolor muscular y estrés vario. De resultas: todo el día corriendo, floja, enfadada y con hambre. Voy con sandalias de cuña alta; necesitaba dosis de autoestima y subidón para afrontar el día… así que voy corriendo, pero no mucho. No es que yo sea una fanática de las hamburguesas, es que en la zona donde trabajo sólo hay cuatro opciones para llevarse algo al buche. Dos están descartadas: el buffet wok asiático (de esos en los que la comida tiene un curioso aroma, parecido al plástico de forrar libros) y el supermarket de la gasolinera (sándwiches de cangrejos que no han visto nunca agua dulce ni salada o, lo que es peor, vegetales cuyo único vegetal reconocible es una lechuga más deprimida que mi economía). Las dos opciones aceptables son: el barecito (con sus tapas de albóndigas, ensaladilla rusa y platos del día), y el Mc cruzando la calle (con sus combos para guerrilleros). Ambos están bien, cada uno en su estilo. Cuando me harto de pelotas o el plato del día no me convence, como basura. En fin, que hoy ha tocado basura. Para colmo de males, tengo delante, en la cola de recogida de pedidos, uno de esos guiris ennortaos nombrados. El muchacho se queja de que las patatas no están «crocantes». A ver, alma de cántaro, que sí, que tienes razón y es tu derecho, pero es un pedido para llevar: en bolsa, con una humedad ahí fuera del 80 %, y el coche a punto de entrar en ebullición… cuando llegues a destino no van a estar las patatas «crocantes» ni aunque las emborricen en almendrado de Alicante. Así que deja de fastidiar y libera la cola, que me veo formando un espectáculo en rehabilitación, y no por la raja de mi falda.
Una vez sentada, observo a mis compañeros desconocidos de festín para matar el poco tiempo que tengo. La cosa es que en el salón, debidamente aclimatado para que viva Pingu vestido con forro polar, tienen habilitadas sólo la mitad de las mesas, organizadas en plan una sí-una no. En las que no, hay un cartelito muy cuqui avisando sobre el particular -lo de respetar la distancia social y eso-. De nada sirve la parafernalia si el que está una mesa más allá estornuda como si desatase un huracán de esos que tienen nombre propio. Que no es que luzca coronavírico ni ná, es que es lo normal si hace frío ahí sentado para llevar rebequita de punto cruzado a la derecha y acaba de entrar proveniente de la antesala del infierno…los cambios de temperatura es lo que tienen. Ya engullendo, nadie lleva mascarilla. Así que, si es coronavirus en lugar de frío…aviaos vamos unos cuantos. Y todo por culpa de los maridajes guiris, una crema de verduras y unas patatas flojindangas.





Me encantan tus relatos, ya te lo había dicho…no me canso de leerte…gracias!!!!
¡Gracias! Intentaré no defraudarte en el futuro :-).