Me acosté de madrugada a sabiendas de que me veía en el trabajo escribiendo de nuevo shit en lugar de sheet en el recibo de algún cliente – coloreándome de rojo como la grana ante tamaño despiste-, bajo las carcajadas del personal (cliente incluido). Decidí por la tarde ver una chorriserie pastelosa para descansar de la intensidad de Homeland. La cosa no pintaba bien; sólo la traducción del título -mucho más que libre- ya olía a chamusquina. de Virgin River a Un lugar para soñar hay un trecho muy largo. Trata de una enfermera muy mona y talentosa, por supuesto. que deja todo lo dejable y se muda a un pueblo bucólico y recóndito, cuajadito de árboles de hojas multicolor y ríos de aguas cristalinas, a cambiar de aires porque ha sufrido mucho en la vida. Nada más llegar se da de bruces en el único bar del pueblo con un mozo de su edad, semejante a un tren de mercancías non stop, sin carrera pero cultureta y amigo de todos, que la ayuda en todos los menesteres habidos y por haber sin esperar nada a cambio y con el que tiene una química de libro desde el minuto uno. Como para no tenerla. Me he chupado nueve capítulos seguidos intentando encontrar una pista que me indique dónde está ese bar en Estepona, que llevo aquí casi tres años ya y no hay tu tía. Puede que yo sea menos mona -y menos nórdica-, aunque sí talentosa. Y, desde luego, no me mudé aquí porque la vida fuese una fiesta. Me merezco un bar como ese, con su tren incluido.
Visto lo visto, me he decidido -con nocturnidad y alevosía- y hoy quiero confesar, que diría la Panto. Hace unos días cedí ante la insistencia del personal, que tampoco entiendo por qué insisten tanto, lo mismo es que empiezo a tener cara de ir a comprar gatos a granel. La cuestión es que me pilló la cosa con el pie cambiado y cedí. Me di de alta en Tinder (¿eso que ha sonado es un trueno?). No dudo que haya gente registrada que merezca la pena, conozco un par de casos que hicieron un match feliz, pero todo lo que a mí me llegó se puede catalogar como fauna… e incluso como flora. Ahí tengo los mensajes sin contestar. Que no, que no. Que no quiero descargarme Solteros, ni Pof, ni Meetic, ni Adopta a un tío. Hasta el mismísimo del «Ayyy…sooolaaaa??? Por qué no te das de alta en el Tinder, o algo???», mientras te miran con cara de estreñimiento crónico. Hasta el mismísimo de poner en los mensajes el emoticono con cara de póker, porque ya paso de dar explicaciones que no necesitan ni merecen. Que yo agradezco la buena voluntad del personal que aún no entiende que una pareja no está en la lista de imprescindibles del súper. Pero que no. Sus Señorías, que el día que se me ponga en el mismo del mismísimo, ya haré por remediarlo, pero, mientras, estoy muy bien sin que nadie me tosa. Para toses ya tengo bastantes con las del trancazo que llevo encima. Sí sí, he dicho trancazo.
Que conste: no quiero pareja. Quiero chunneo… salir, entrar, disfrutar… y luego cada mochuelo a su olivo. Para tal menester, prefiero seguir con mi rutina de los viernes. Cuando salgo de trabajar intento relajar un poco la mente y las cervicales sentándome en la terraza de un bar molón que hay en la esquina de mi calle. Suelo estar más sola que la una porque es mala hora hasta para los guiris, que no se sabe muy bien cómo rigen el destino de sus estómagos. Hoy es viernes, mira tú qué bien. Tres mesas más allá, se ha sentado uno que no me importaría que fuese el padre de mis libros. Menos mal que llevo puesta la falda de la raja kilométrica y lo mismo tengo suerte y me marco un Estopa. O mejor no, que mi neurona ya está saturada a estas alturas del idioma de Shakespeare.
Viernes. Ha pasado una semana y sigo sin encontrar la parada del tren. Resumiendo, mis libros son, y seguirán siendo, huérfanos de padre. La falda de la raja kilométrica no surtió efecto con el guiri de marras, la verdad es que nunca me gustó Estopa. Me he bajado el Mac y estoy en modo escritora, aparentando tener algo de intelecto, por si aparece y le cautiva más esta faceta. O sumo puntos. O algo. Pocas balas me quedan. No me rindo, seguiré bajando a sentarme tranquilamente en una mesa soleada para seguir escribiendo -o intentando escribir- mi libro en el cuaderno, que ya estoy vaga hasta para arrastrar el portátil diez metros. Le daré un toque invernal a la falda por si aparece el guiri de mis entretelas y me quita la pereza a golpe de flequillo surfero rubio.




