Venturas y desventuras
de Úrsula Corgan.

Las cosas son como son.
Excepto las que son como ella quiere que sean;
o como a ella le gustaría que fuesen.
La cuestión está en saber diferenciarlas.

La soportable levedad del ser adultescente

Tiempo de lectura: 5 minutos

Los socorristas han izado hoy la bandera verde. El mar parece un plato y corre una inesperada brisa fresca de levante, pero curiosamente la playa apenas está poblada por una escueta fila de sombrillas de colores que, desde donde yo la veo, parece una serpiente coloreada atacada por hormigas perezosas en bañador. Se respira un ambiente tranquilo, adormecido, iluminado por un sol ardiente que le da a todo el aspecto de una fotografía Polaroid de los años setenta. Bendita luz del Mediterráneo.

He terminado mis tareas domésticas de sábado a una hora tonta, resultado de un, también inesperado, sueño tardío. Es pronto para comer y tarde para salir a dar vueltas por los comercios bajo la canícula de primeros de agosto al sur del sur. Después de pensarlo un rato largo, aletargada mirando stories y posts que, en su mayoría, ni me van ni me vienen, me he despejado con una ducha. Ya esperjoradita, he bajado a tomar algo al bar más bonito de la zona, a la sombra de los árboles de la plaza, aspirando el aroma de las flores o de los bronceadores ajenos. Porto conmigo la libreta y el boli, dispuesta a esbozar un plog. Por cierto, si te preguntas qué es «esperjorarse» no lo busques en el diccionario. Es tontería. No existe. Usé el término hace poco en un grupo de Whatsapp de esos que se crean para un evento concreto y acaban instalándose en tu rutina mensajística; nadie lo entendió. Después de buscarlo y preguntar por ahí, he llegado a la conclusión de que sólo está registrado en la RAF, o sea, en la Real Academia Fernández. Usa la imaginación.

Me he sentado ante un vermú caro y unas olivas con hueso, con la libreta abierta y el boli preparado para disparar. Y he caído en la cuenta de que no tengo nada que contar. Ando como anestesiada, así en general. No siento ni padezco, y oye, menudo rollo. Cuando alguien me pregunta qué tal, suelo contestar:

-Bien, aquí, un día detrás de otro- Menuda mierda de resumen.

Estoy como esos días de verano esteponero que amanecen con levante y atardecen con poniente. Adormilada y fresca por la mañana. Por la tarde, los pensamientos acumulados en el día rolan a poniente y se levantan con la ventolera como la arena de La Rada; una nube de polvo denso que lo cubre todo. Te imprime la esencia de una croqueta: tostadita por fuera, blandita por dentro.

Así, los días empiezan con el disfrute de la tranquilidad que tanto ansié durante años de intenso disloque físico y mental por empeñarme en defender lo indefendible y a la vez intentar no defraudar a nadie, obligándome a intentar arreglar situaciones que no tenían arreglo. A pesar de verlo. Ahora disfruto de mi soledad, de mi libertad, de mi independencia, de mis cielos costeros pintados de un color diferente cada día, de la brisa fresca del mar, del sol que entra a raudales por los ventanales abiertos de par en par, de la música que invade la casa, de las series de Netflix, de la cerveza en la terraza con los pies desnudos apoyados en la baranda, de las charlas virtuales con los amigos, de un trabajo que me resulta fácil o de los momentos a solas con Bruno buscando una inspiración que últimamente se me resiste. Y aquí empiezan los cambios. Y es que no me canso de repetirlo: no sirvo para estar tranquila. No sé crear en la calma.

Por la tarde busco excusas para dejar de estarlo, buceando entre el banco de ideas que se arremolinan en mi muy agitado mar interior. El corazón es el primero que está deseando latir a otro ritmo. Me emociono con cualquier mensaje al azar, buscándole una intención que quizás no tenga. Y es que siempre he sido muy torpe, de una torpeza legendaria, con las intenciones de los demás. A veces me paso de lista; la mayoría no llego. Veo cosas donde no las hay y apenas alcanzo a vislumbrar donde sí. Esto enlaza con mi larga lista de amores platónicos y otra casi igual de larga de cicatrices remendadas en la patata. Para quien pregunta, tampoco me canso de repetir que, aunque no crea en la necesidad de tener una pareja porque hay que tenerla y engancharse al primero que pasa en el que sólo reconocemos virtudes que queremos reconocer porque el anterior no las tenía… no quiere decir que no disfrute del amor. ¿A quién no le gusta el amor, sentirse querido, valorado, apreciado y hundido en la pasión? Hay que tener cuidado, la tranquilidad enquistada es peligrosa, pero sigo pensando que no hay prisa, mirando lo que (creo) no está a mi alcance (sí, sí, ya, tú vales mucho, etc etc).

Entre el torbellino de ideas bullen sentimientos de todo tipo. Incomprensión, negación, inseguridad o autoestima negativa. Eso de no sentirte bueno para nada en particular (sí, sí, ya, tú vales mucho, etc etc), no lo llamaré mediocridad que es una palabra muy fea. Soy una mujer con los pies en el suelo, bastante natural a la que no le gusta el postureo, que lo mismo flipa en el restaurante más cool que en la taberna más cutre. Que ama salir de fiesta nocturna, pero a la vez disfruta como una enana del sofá. Que quiere que la valoren por lo que es y no por lo que parece. Que no tengan miedo de la intensidad. Que se enamoren de un interior frondoso, de mis ocurrencias, de mi amistad. Dejar de ser tan colega.

Con la adultescencia he aprendido muchas cosas; menos mal, por otra parte. Me encanta el palabro. No confundir con un viejoven de toda la vida o con el síndrome de Peter Pan. Los adultescentes somos un adulto responsable mezclado con un adolescente travieso. Serios en el trabajo, conscientes en la vida, con un alma perspicaz y disfrutona. Con la misma apariencia de hace veinte años, amantes de la música en directo y de los bares tapizados de pósteres, sin pelos en la lengua, que no tienen miedo al sexo o a hablar del sexo de los ángeles. Que viven la amistad como un todo y el amor como algo que no se busca en Tinder. Con la misma alegría de vivir, sin dejarse arrastrar por lo que se supone que toca. A los que les importa muy poco lo que digan. Que no se conforman con cualquier cosa. Que se curan más rápido que antes, que siguen hacia delante con los cojones simbólicos en la mano. Y eso asusta, especialmente si eres mujer. O eso quiero creer. Topicazo… quizá.

Quiero creer, digo, que me equivoco menos. Lo que ya no tengo tan claro es si no me equivoco porque no lo intento, anclada en esta tranquilidad mágica que lo invade todo. Sé esperar la oportunidad, mido los pasos. Y todo esto es lo que me tiene en un ay. Porque es aburrido. Porque no es intenso. Porque me impide crear. Porque pienso mucho y hago poco. Porque siempre me encantó equivocarme. Porque la vida no es vida sin cicatrices sanas.

Llega la noche y me acuesto toda revoloteada. Al día siguiente me despierto sintiendo la brisa y el sol que entran por la ventana de mi dormitorio; me invade la paz y estoy tranquila. Vuelta a empezar.

Y aquí estamos. Bien, un día detrás de otro.

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