La positividad porque sí siempre me ha parecido una soberana majadería. Los que me conocen saben que Coelho y Wonderful me tocan la moral en grado supino. Soy realista; ni pesimista ni optimista. Creo que cada problema tiene una solución, mientras estés vivo. Si a eso le quieres llamar positividad, pues vale.
La positividad te la ganas cuando te mueves para convertir una mierda de realidad en un resultado decente. Tampoco creo que el esfuerzo ilimitado te lleve a ese fin. Hay cosas que, por mucho que las machaques, no tienen que ser… y no son (no es el momento, la persona, el lugar o un largo etcétera de causas probables). Y esto también necesita dosis ingentes de realismo para reconocerlo. Por otro lado, me parece una chorrada eso de no tenerle miedo a los cambios. A los cambios hay que tenerles miedo y, lo que es más, mucho respeto. Lo que no hay que permitir es que el miedo te borre la perspectiva y te pare los pies si el análisis de la situación impone moverse. Puedes tardar más o menos, dependiendo del calibre del problema y de las circunstancias que lo rodean. No me sirve, tampoco, que me digas que no puedes. Todo el mundo puede, pero es muy duro, y esforzarte por encima de tus posibilidades da pereza, cansa, duele y no está de moda más que para hacerte fotos al filo de un barranco haciendo el pino con una sola mano mientras lees a Shakespeare traducido al ruso. Con el único fin de publicarlo luego en las redes y conseguir la aprobación -y admiración- de un montón de desconocidos que te la traen al pairo, a la par que descuidas la imagen que les das, día a día, a la gente a la que le importas. No sense.
El corazón no es inmune al esfuerzo ni aunque lo hayas vacunado mil veces. Y es el más difícil de vacunar. Por el que más nos esforzamos, sufrimos, persistimos, tropezamos y empeñamos. Mi dilatada experiencia (no me quejaré, todo lo vivido es enriquecedor y prefiero mil veces la tormenta en el océano a la quietud de un lago anodino) me ha enseñado algo completamente distinto. El amor mueve montañas, sí. Pero del tamaño de una colina en la que no podría vivir ni un triste hobbit solitario. Y por tiempo muy limitado. Haberlos, haylos, como las meigas gallegas. Yo prefiero no forzar, porque todo lo forzado, estirado y vuelto a estirar, acaba por partirse. Hay que tener muchos riles para aguantar años, o toda tu vida, situaciones harto difíciles con la promesa de un par de instantes de felicidad. Que por mucho que la vida sean momentos, intentemos que sean más que menos. No negaré que tardo mucho en pasar una hoja, porque le doy a la vida -y a las personas-, las tres oportunidades que mi padre me enseñó a dar. Tres enormes oportunidades, casi siempre. De ahí las tormentas. La comprensión es una virtud, y un engorro. Pero después, la mirada fija en el infinito y a meter primera. Lo pasado, pisado. Para atrás ni para coger impulso. Pros versus contras. Y esas cosas.
En definitiva, lo único que sirve para algo es sacar los cojones a la calle cuando hace falta, afrontar las consecuencias con estoicismo, lidiar con las circunstancias, cabrearte hasta con tu reflejo en el espejo… y luego, tejer calcetines ecológicos en un jardín vintage, vestida a lo boho, mientras suena Casablanca, con una gran sonrisa positiva pintada en tu cara con el rouge de la Jolie y una jarra de limonada made in Mr Wonder. Dicho esto, hoy luce el sol. Seamos positivos.




