Venturas y desventuras
de Úrsula Corgan.

Las cosas son como son.
Excepto las que son como ella quiere que sean;
o como a ella le gustaría que fuesen.
La cuestión está en saber diferenciarlas.

Candilazos

Tiempo de lectura: 3 minutosdig
Tiempo de lectura: 3 minutos

Para Ro.

Me gusta pensar que el cielo -el real, no el místico- es una alegoría de la vida. Quizá por eso me gusta tanto observarlo y me obsesiona fotografiarlo.

Hay días que son como un cielo limpio de verano: soleados, cálidos y alegres, aunque la temperatura sea gélida. Otros son grises; nubosos, desapacibles, y no hay nada que los despeje, ni siquiera una ventolera de esas que te obligan a sujetarte el sombrero con chinchetas. Otros días se levantan o se acuestan nublados, pero la fuerza de la luz abre jirones entre las nubes, tintando el cielo con candilazos que van del rosa más suave al naranja más intenso, casi rojo. «Candilazo», una palabra que he descubierto hace poco gracias a una amiga que comparte afición por la belleza de la naturaleza. Ya me gustaba el fenómeno, pero la palabra me fascina. Me suena a sierra, a luz y a infancia, a noches junto al fuego. Se trata de un fenómeno atmosférico que sólo se da cuando hay nubes densas. Se necesitan para que los rayos solares se filtren dispersando la luz, mañana y tarde, especialmente en zonas costeras durante el otoño y el invierno, cuando el sol está más cerca del horizonte. Hay quien llama «arrebol» al tono más rojizo de este fenómeno. Con este término puedo morir de amor, al imaginar que alguna vez he llevado el cielo en mis mejillas arreboladas, sin saberlo.

Por pensar, me gusta pensar que esa luz necesaria la impulsan las cosas que importan en la vida y que hacen que tu cielo, si no puede despejarse de nubarrones densos, al menos se pinte de colores. Me recuerda que siempre hay un por qué, siempre hay un alguien, siempre hay un cómo: los amigos, la familia, un buen libro, una copa de sábado en una terraza, una buen rato frente a la tele o un noche de desenfreno, que de todo tiene que haber en la viña del Señor. Los colores me provocan paz, pasión o alegría de vivir, según su intensidad. También hay algunos cielos que son inevitablemente negros y plomizos, inmersos en un remolino de circunstancias adversas que nada ni nadie puede atravesar; no por ello dejan de ser necesarios para evolucionar. A veces, mi momento favorito del día es ese en el que el sol destella con fuerza, lanzando rayos nítidos que arañan mi cielo. Identifico ese haz de luz con el alma de las personas que se fueron y acarician la mía desde el infinito, reconfortándome.

Mi color favorito en las nubes tintadas de luz de mis amaneceres o atardeceres, es el rosa. Me da paz. Me transmite paz. Irradia paz. Y últimamente vivir en paz es lo que más valoro de mi cielo. Cada vez creo más en la comprensión, en ponerte en los zapatos de los demás – no antes de juzgar, juzgar juzgamos todos incluso cuando no juzgamos -, pero sí para comprender sus motivos, vivir su camino un ratito. Poder opinar y que opinen sin temor a causar una escisión, porque todos tenemos derecho a meter la pata, todos tenemos derecho a resarcirnos y todos tenemos derecho a no pensar como el vecino, sin que eso signifique ser mejor o peor que nadie. Ser realista y no optimista ni pesimista. Que cada uno es como es mientras no haga daño a nadie y que, si lo hace, que sepamos que es sin querer. Que seamos capaces de perdonar entendiendo que no renunciamos a nada por hacerlo.

Nunca me gustó el rosa, siempre me pareció un color de chichinabo. Pero todos tenemos derecho a cambiar de opinión.

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Foto: AFBARTWORKS
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