La semana que viene cumplo 47 tacos de vellón. Se oyen truenos, centellas y al Conde Draco carcajeándose a mi costa al terminar de contar, rodeado de telarañas y murcielaguillos amistosos. Todos los años digo lo mismo, pero ¿cómo puñetas ha pasado tan rápido la vida que llevo vivida?.
Todo el que no sabe la edad que tengo me dice al descubrirlo:
-Pero no los aparentas. Así que…
Así que qué. No dejas de cumplir años por un «así que». Ya, ya. No los aparento, cosas de la genética quinceña que me dejó en herencia mi abuelo materno. Pero los tengo. Más por fuera que por dentro. Voy notado los efectos, lentos pero implacables, de la gravedad sobre mis carnes. La vista cansada. Las canas que no cogen los tintes malos y ya ni siquiera los buenos. La dichosa papadilla que empieza a agrietarse. Resoplo al dejarme caer sobre las sillas. Resoplo al levantarme de las sillas. Subir a un tercero sin ascensor es una aventura épica digna de Juego de Tronos. Soy resultona, eso sí. Sin arrugas y, más o menos, en mi peso ideal voy dando el pego, porque además estoy empeñada en no vestirme de matrona beata. Sigo usando escotes profundos, minifalda y lo que se tercie cuando se tercia.
Sin embargo, ando profundamente preocupada estos días. Allá voy, del tirón, como arrancar una tirita: me tiran los tejos lo que para mí vienen siendo SEÑORES. Que lo mismo tienen un par de años más que yo, seis a lo sumo. Pero con pinta de señor rancio: oloroso a Varon Dandy, zapatos de antelina colorida de chúpame la punta (que diría mi amiga Elena), cordoncito de cuero al cuello, politos estampados pegaditos con el pelambre canoso asomando por los botones de la tapeta, pantalones vaqueros claritos marcapacket con sus rotitos en las rodillitas… I can’t. Desde el cariño siempre, eso vaya por delante que ya lo estoy viendo venir. Pero, I can’t. Vienen a la tienda y me invitan a pasar por su local, así como quien no quiere la cosa. Los reyes del disimulo sin disimular. Y esto me pasa desde hace bien poco. O sea, he entrado en su radio de acción; tengo pinta de haber entrado en su radio de acción. Ay, madre, que va a ser mejor que me vista de matrona beata para despistar.
Nunca me han tirado la caña los que yo quería. Eso es así. El catecismo. Casi siempre he ligado por casualidad. En mi lista de últimas conquistas sin querer hay poca cosa y casi todos los peces están en los extremos: de chanquete a tiburón censado en Groenlandia. O sea, alevines o matusalenes. Y no me va ni una cosa ni otra. Para los alevines debo de ser algo así como la madurita de buen ver que les da morbo y para los maduritos la chica de mediana edad que rebaja la media. Un horror, lo mires por donde lo mires. A esto no se le puede llamar ligar. Y para los que a mí me gustan estoy en la categoría de inexistente o, lo que es mucho peor aún, en la de los colegas. Me lo decía una amiga hace unos días, con una cerveza en la mano y el tono con el que se riñe a un niño:
-Tía, es que no se puede ser tan colega.- cabreada, ella.
Joe. Vale, me gusta la fiesta (de vez en cuando y más nocturna que diurna), me gusta vestir atrevido, soy extremadamente comprensiva, no tengo pelos en la lengua y me gusta jugar como al que más (me ha quedado muy fino lo de jugar, pero tiene poco que ver con dados). Pero parece que eso gusta en una mujer para ejercer de colega. Y más ná. A mí me parece un topicazo de libro, pero visto lo visto voy a tener que empezar a plantearme que sea muy real. En mi lista actual de peces apetecibles hay un cliente molón para el que yo diría que estoy en la categoría de inexistente y un colega de hace tiempo que va y viene del Whatsapp como el Guadiana, que a veces parece que sí y la mayoría de las veces es que no. Y yo, que tengo pocas ganas de esfuerzos, voy dejando los días pasar sin hacer nada en ninguna dirección porque a mis cuarenta y seis años y muchos días no tengo el chichi para farolillos. Bueno, sí. Pero que ya estén colgaditos, encendidos, molones, con su música y su ambiente. Lo de ir a comprarlos yo a la tienda que está en el quinto pino, colgarlos, buscar el punto de luz, contratar el sitio, pensar la música y preparar el ambiente me parece tan odisea como subir las tres plantas.
En fin que, como decía, tengo las carnes flojas y las piernas de gelatina por culpa de la gravedad, de la pastelería que hay debajo de mi casa y de las aceitunas de los vermús pero sobe todo de la desidia. Que mientras están enfundadas en unos vaqueros pitillo rematados con taconazo de doce todo va bien, pero si hay que salir de ellos, aquello se mueve más que un flan Mandarín de los que hacía mi abuela. Necesito un entrenador personal porque odio sudar gratuitamente y la sola idea de un gimnasio me produce sarpullido. Me lo pido para mi cumple, pero que sea entrenador personal de ese ejercicio que me han contado que se practica casi siempre tumbado. Y que no huela a Varon Dandy ni haya que ponerle babero. Y que le guste el colegueo, porque no pienso cambiar.
Pdt: entrenadores personales del mundo: estoy vacunada. Eso ya suma un punto, ¿no?.



