Últimamente duermo menos que un gato de escayola. Me corrijo; en realidad, no es exactamente así. Más bien tengo complejo de gallina en gallinero: me acuesto muy temprano y, por consiguiente, me despierto muy temprano. Mi reloj interno no me deja dormir más de ocho horas, con suerte. Es peor cuando me acuesto muy tarde, incluso de madrugada, y apenas duermo un par de horas porque en mi interior resuena aquello que me decía mi padre cuando aún era pollina: «Gallito de noche, gallito de día», sentenciaba abriendo con ímpetu la puerta de mi dormitorio. O bien: «El día es para estar despierto», si estaba menos inspirado. Esto está muy bien cuando necesitas levantarte para ir a trabajar, pero cuando tienes una resaca de aúpa un domingo cualquiera, te has acostado hace un par de horas deslomada de potrear solerías con tacones de infarto y en tu cabeza palpita el último hit que escuchaste en el antro de perdición de turno, no tiene nadita de gracia.
Sea por una cosa o por otra, suelo estar despierta a la salida del sol. Esto tiene muchas desventajas, que no voy a enumerar ahora, pero también tiene muchas ventajas, y más si tu ventana se asoma al mar por el sur, abarcando de un vistazo toda la bahía. No hay un solo amanecer que sea un desperdicio. Sólo con eso ya está el cupo cubierto. Si, además, te detienes a observar, descubres historias perdidas cuando nadie mira.
Son las ocho y el sol empieza a romper la barrera del horizonte, tintándolo de un naranja intenso, aunque aún está algo oscuro. En línea recta con mi ventana hay un hombre sentado en la orilla. No es el primer día que lo veo, ni mucho menos. Suele bajar casi todos los días justo antes del amanecer, cruzando la playa con su banquito rojo de tres patas al hombro, acompañado de su amigo peludo, ya llueva, truene o haga calor. No importa la climatología. Si la temperatura acompaña (o le parece adecuada, que a mí no tendría por qué), se desviste y se mete en el mar para darse un baño tranquilo y solitario. A mí, que soy de secano hasta en agosto, me estremece pensar en la temperatura del agua, pero a él se ve que le da igual. Si hace frío, lleva un plumas azul mar y un gorrito de lana gris como el que llevan los marineros de los dibujos animados. Acostumbra a estar ahí, sentado en su banquito rojo orientado a la salida del sol, una media hora larga, con la espalda recta, acomodada, las piernas separadas y las manos sobre las rodillas en una suerte de postura del loto. Supongo que medita, pero acostumbro a pensar en las posibles historias que habrá tras su costumbre.
A veces pienso que, como yo, identifica los tempraneros rayos del sol con las personas que se han ido y que brillan en la distancia extendiendo su cariño hacia nosotros. Quizá utiliza ese momento del día para estar cerca de una persona perdida antes de tiempo, que le mima y le recarga para afrontar el día sin ella. La muerte forma parte de la vida, pero, como la vida, casi nunca es justa. De hecho, es injusta y puñetera a partes iguales.
A veces pienso que, como yo (como todos), necesita un momento de soledad total en el que huir de mundanal ruido. Incluido el que resuena silencioso en nuestro pensamiento. «A veces cargamos las cosas con una importancia que sólo existe en nuestra cabeza» que decía Rafael Chirbes. La vida nos depara sorpresas desagradables sin solución cuando menos nos lo esperamos y nos da un revolcón de realidad que nos deja aturdidos sin remedio. Por mucho que nos recuerden, aconsejen y tostoneen con aquello de «disfruta de la vida», acabamos olvidándolo enseguida, disfrutando en su lugar de preocupaciones inverosímiles y enfados inútiles. La vida es una. Mejor que no sea media.
Así que, la mayoría de las veces, prefiero pensar que el señor del banquito rojo es feliz y simplemente está disfrutando del espectáculo diario y gratuito de un amanecer costero, con la brisa refrescándole (o azotándole, según) la cara y despeinándole los rizos, con los pies firmes en la arena para no perder el contacto con el mundo, sintiendo la lluvia limpiar sus dudas, respirando la sal que cure sus heridas. Después, recoge su banquito rojo y vuelve a casa renovado, haciendo de un nuevo día una nueva vida. Y le envidio un ratito.




