Hace un día raruno, amenizado por un viento de poniente escandaloso que despeina los árboles y martiriza a las flores hasta derribarlas. En la calle huele a mejillones vivos, o tal vez a chirlas, que son más de la zona. El mar ruge sin tregua ni cuartel, levantando tanta espuma de mar que hay una densa neblina salada, tan saturada del olor a marisco que dan ganas de mojar sopas en el aire. Pasa a veces, cuando el cielo apunta maneras tristonas, y empieza a llover de a poquitos. Sonrío bajo la mascarilla con la ocurrencia, y porque hoy estoy contenta. Esta mañana ha entrado a la tienda un chico con la planta de un fornido atleta -macizo, que diría mi abuela-, y toda la cara de Ryan Reynolds. Bueno, toda no, la mitad, que con la mascarilla que lleva puesta sólo puedo certificar que tenía sus ojos, su pelo y la mitad de su nariz. Encima habla y no sube el pan. Repámpanos. Me alegro de haberme levantado con ganas de pensar más allá de los vaqueros y haber combinado la camiseta corporativa con una falda de cuero, tipo cinturón ancho. Tengo el pelo limpio, me he hecho la línea del ojo y las ojeras no asustan. Bien, vamos bien. Le atiendo con alegría y todo el desparpajo que me permite el idioma; pin pan pum. Se va contento. Ni me ha mirado, pero a mí me gusta pensar que sí, y que no doy susto. Con qué poco se conforma una.
Lo que olvidé, al elegir el modelito frente al armario esta mañana, es que hoy tocaba fisio. Me preocupa pensar que estoy perdiendo mi muy probada (ejem) elegancia. Mi madre siempre me dijo que ser elegante es ir vestido acorde a la ocasión. En el fisio, nueve de cada diez sufridos pacientes visten chándal, mallas, pantalón corto o cualquier suerte de ropa deportiva. Por supuesto, la oveja negra… mi menda. No me vengáis con lo de ir cómodo. Para empezar, me quedo casi en pelotas para recibir la tortura. Para seguir, nunca entenderé por qué una malla morcillera es más cómoda que un pantalón al uso. No, no me voy a poner un chándal. Eso sería más raro que el olor a mejillones en el aire. Aunque reconozco que lo de hoy es para nota. He subido a la camilla como si me tirase a marcar un gol de cabeza, que la falda no me daba para más. No, un chándal no me voy a poner, pero vendría bien recordar que hay un límite. O, al menos, recordar la cita. Menos mal que bajo la camiseta interior de manga larga (aún más obvio que había olvidado la cita o me hubiese puesto una de tirantes, que la de manga larga me la tengo que quitar del todo y me congelo) tampoco he descuidado el interior y llevo uno de los sujetadores «buenos». Ya que hay que sufrir, sufriremos con estilo. Sigo sonriendo bajo la mascarilla recordando el momento y porque, curiosamente, mi fisio también se parece (y mucho) al Sr. Reynolds. Qué cosas.
Terminada la sesión, más en el cuerpo de Robocop que en el mío, me recoloco la falda en su sitio, me recompongo y decido pararme a tomar algo en la terraza del bar de la esquina antes de subir a casa, aprovechando que ha salido el sol, se ha quedado una tarde magnífica y no me ha dado tiempo a comer. Llamarlo bar no es adecuado, en realidad. Es un precioso restaurante gourmet decorado con un jardín vertical, muebles retro combinados con otros asiáticos y una cocina fusión de base mediterránea que quita el hipo sin quitarte un riñón. Es un poco tarde, pero aquí las cocinas funcionan full time. Me siento plácidamente al sol, con mi vermú. Me dedico a una de mis aficiones favoritas, que no es ni más ni menos que observar a la gente. Me asalta un pensamiento, y es que los días pasan fugaces y mortalmente rutinarios. Como clonados. Pasa de todo, y no pasa nada. Así que observo a la gente tratando de discernir si se sienten igual de hámster que yo. Si viven con la constante sensación de que algo va a pasar. De que algo tiene que pasar. Si necesitan que algo los voltee – lo que sea- tanto como yo. Parece que, a fin de cuentas, no sirvo para estar tranquila. Mato las mariposillas del pensamiento hincándole el diente a un canelón de aguacate y melva canutera.
Mientras esperaba la cuenta me ha llamado un amigo. Se siente igual. Vale, no soy más bicho raro de lo que me creía. Remoloneo un rato al sol mientras apuro el culillo del vermú. Dirijo mis pensamientos hacia algo más trivial y me fijo en los compadres sentados a mi lado. Curiosas, las personas; los cuerpos y sus sensaciones. Yo llevo la susodicha falda que me hace aparentar veinte años menos. O eso creo yo, lo mismo soy la típica viejoven que está ridícula con la ropa que le ha robado a su nieta del armario; medias negras, botas de invierno de media caña y las dos mangas. La pareja objeto de mi estudio también está sentada plácidamente al sol. Aquí se viene a eso. La cosa es que ellos llevan pantalón corto y chanclas. Al menos no llevan calcetines, aunque da la impresión de que bien podrían estar en bikini. Lo mismo lo han estado porque lucen un bonito color grana en la piel. No tienen pinta de nórdicos, lo cual sería una excusa plausible. La cosa es que yo no tengo nada de calor, porque el sol invernal calienta pero el poniente eriza hasta el vello más recóndito y recordemos que esta mañana estaba lloviendo. Y ellos no tienen frío. Ahí están, con su gorra y su polo de golf color pistacho, él, y su camiseta de tirantes rosa, ella. Humanos ambos. Y tan distintos. Y así todo… Me pregunto si también les olerá el aire a mejillones. Y si el Sr. Reynolds tendría calor o frío.




