Cualquier día de estos me dará un algo. Un algo a medias entre sorpresa, risa o estupor. Es lo que tiene vivir rodeada de guiris, cada uno de su padre, de su madre y con su propio chapurreo de mezcla de idiomas habidos y por haber, con sus propios acentos incluidos. Por lo tanto, me estoy volviendo especialista en hablar rusinglish, francinglish, alemanglish, aleñol, ingleñol, franceñol, rusiñol, belgañol y todas las combinaciones y permutaciones posibles de idiomas. En este plog voy a contar algunas de mis anécdotas sobre el particular, que son muchas más, pero estas son las que me vienen a la cabeza así a bote pronto.
Con el english de Liverpool, que bien podría ser un idioma en sí mismo, se me pone cara de estreñimiento crónico intentando entender qué porras me están hablando. Todavía face to face tengo una oportunidad, entre gestos y labios. Si es por teléfono apaga y vámonos: abro mucho los ojos, aprieto los labios con fuerza mientras pego el teléfono a la oreja con ansia, como si así las palabras no fuesen a salir de mi cabeza y a fuerza de darle vueltas dentro del cogote consiguiese descifrar el galimatías. Se me saldrán los ojos de las órbitas y seguiré sin entender una coma. Tengo un cliente en concreto que me resulta indescifrable, hasta que llevo media hora hablando con él y empiezo a separar las «r» y las «j que no deberían de estar ahí, más todos los sonidos guturales que suelta el muchacho, y voy entendiendo palabras sueltas que, según el contexto, organizo todo lo rápido que pueden mis atoradas neuronas. Hasta que al final le digo: «me mandas un email, por favor, con todo lo que necesitas… sólo por estar segura de que lo he entendido bien» (en mi inglés cordobés de Ciudad Jardín). Que bien podría haberlo dicho al principio y me ahorro el suplicio, pero vergüenza torera no me falta. La primera vez que llamó no entendí ni siquiera el nombre y como a veces llaman preguntando si alguien habla alemán (mis jefes son alemanes), directamente le dije a Yvonne:
-Te paso la llamada. Uno que quiere hablar en alemán.- Su cara de estupefacción dos minutos después no tuvo precio. Ni lo mucho que se estuvo descojonando a mi salud durante todo el santo día. Gente de Liverpool por el mundo: vocalicen una miaja, por favor. Luego dirán de los de Montalbán.
Mi primera anécdota no fue con un liverpoolense. Fue con el belganglish, aunque muy bien pronunciado teniendo en cuenta que está mezclado con llanito de Gibraltar. En fin, que yo llevaba por la zona apenas un mes y tenía el inglés más oxidado que el Hotel Oxidado, valga la redundancia. Los cordobeses ya sabrán a lo que me refiero. Como sólo venía a recoger un pedido, la empresa parecía fácil. Hasta que me pidió que le hiciese un recibo «a mano». Allá que voy yo y le pegunto qué escribo en el apartado «concepto». Me dice:
-1000 hojas.- Me lo dice en inglés, claro. Y yo lo escribo en inglés: «1000 shits«. Ajá. Tardé un rato en comprender, cuando me dijo que por favor lo cambiase o su jefe le iba a preguntar qué había encargado para el restaurante, que aunque yo lo pronuncie casi igual, shit no significa lo mismo que sheet. Vaya, que no es lo mismo comprar 1000 mierdas que 1000 hojas. Para un restaurante menos todavía. Quizá como abono para un jardinero podría haber colado. No me he ruborizado más en mi vida. Para regocijo del personal.
Hace un mes apareció un hombre frente al mostrador con cara de haberse perdido. Bien podría haberlo hecho porque parecía que iba a la playa. Tampoco es que sea raro: la chancla, la camisa floreada y las bermudas están a la orden del día, sea la época del año que sea. Incluso cuando yo llevo botas y polar cerrado hasta las cejas. Yo polar; ellos chanclas. Una vez vino uno en bañador. Tal cual. En bañador: sin camisa, sin chanclas y sin nada. Bueno, sin nada no, el bañador lo llevaba. Menos mal. El caso es que el hombre del mostrador miraba a su alrededor y en la estantería del merchan/regalos personalizados más perdido que Wally y tenía pinta de elefante en cacharrería, así que le solté un «dígame» con mi mejor sonrisa. La mayoría de las veces entran hablando inglés en directo, sin preguntar siquiera si les entiendes. Dan por hecho que lo harás. Me hierve un poco la sangre, pero no digo nada. Sonrío y asiento. Y maldigo como marinero ebrio. Pero para mí. Este no fue el caso. El proyecto de desastre abre la boca y dice con un marcadísimo acento inglés:
– Yo quería un cojón.
Mi cara te la puedes imaginar. Sacudo la cabeza rápidamente y musito un «¿disculpe?» con la cabeza de medio lado y pelín adelantada. Los ojos como platos. El señor vuelve a decir:
-¿Hacéis cojones?.- mirando a la lejanía, más allá de mí.
Vale, no lo he oído mal. Este señor quiere un cojón. Incluso puede que cojones. Ni siquiera se me ocurrió qué podría ser. A ver, estamos en una imprenta. Por tanto, le pregunto educadamente en español:
-¿Prefiere que hablemos en inglés?.
El señor pone cara de alivio, como el que acaba de evacuar después de tres días de atoramiento, y me dice:
–Oh, thank you. Do you do cushions?
Acabáramos. El señor quiere encargar un cojÍn. Un cojíiiiin. Hice un sobrehumano esfuerzo por no pelarme de la risa en ese momento. Preferí no explicar nada. No creo que vaya comprando cojones a menudo. Y si es que sí, que le alegraré el día, indirectamente, a alguien. Bendita diferencia hace una letrita de nada.
La última es de la semana pasada. Estaba diseñando un menú para un restaurante cuyo logo ya tiene lo suyo. Tiene una piña en lugar de una «i», con lo cual parece una «o» y lo lees mal. Haber puesto un apio o un pepino, digo yo. A lo que vamos. La dueña del local es inglesa de las que no entienden (ni hablan) ni media palabra en español. Da igual si llevan aquí quince años. Tienen su minimafia de compatriotas y de ahí no salen. No pasa nada. Me pasó el menú en inglés con su correspondiente traducción al español. Por si aparece algún español por su restaurante, que mira que ya lo dudo porque no sé yo si habrá muchos aventureros que se atrevan a probar esos platos. En fin, que normalmente no miro las traducciones. Me limito a copiarlas, darles el estilo, maquetarlas o lo que haya que hacer. Pero este era largo y curioso, y me detuve a leer. Madre mía. Mr Google no había estado fino filipino. Traducir bien un menú no es tarea fácil y los traductores suelen cobrar yescal y medio por ello, sobre todo si es tan largo como este lo era. Así que suelen recurrir al traductor virtual. Decidí ser buena gente y se lo limé un poquito. Más que nada porque me tiré media hora pensando en por qué tenía alguien la necesidad de comer pieles de patata fritas. Vale que el restaurante sea vegano y te pongan yaca con curri, pero no sé, me parecía una guarnición un tanto pintoresca de más. Hasta que después de escribirlo tres o cuatro veces me dio por mirar cómo estaba escrito en inglés: skin on fried potatoes. De nuevo; acabáramos. Patatas fritas con piel. Pues no va a ser lo mismo, no.
Otro día contaré por qué, si eres alemana y no dominas el idioma en plan coloquial, no hay que decirle a un señor «quieres comerte mi conejo» pretendiendo ser amable con alguien hambriento. Es posible que estés siendo amable de más. Es sólo una idea.
La foto no tiene nada que ver con el texto, lo sé. Pero piernas, para qué os quiero.



